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Prologo: Raíces de Pueblo. Tocuyo de la Costa

Eran las cinco de la mañana, mamá se había levantado a las cuatro para hacer las arepas; nos jalaba de una pata a mí y a mi hermano que dormíamos en una misma cama de lona “doble X”:



-Levántense que ya hace tiempo que su papá se fue -eran los días de manear el coco.



-José andá a enjalmar el burro.



Casi no podía bajar la enjalma del palo por lo alto de éste. Ponerle la enjalma al burro era fácil. El olor a cagajón de burro tan temprano me daba ganas de vomitar.



Hubo un tiempo en que no había casa del burro, en la tarde al llegar del conuco, el burro se soltaba y la enjalma se dejaba en la sala de la casa. Uno tenía que levantarse más temprano para ir a buscarlo en los alrededores del pueblo. Para el conuco salíamos mi hermano y yo montados en el burro, con las arepas y un pedazo de carne frita; o las arepas abiertas en dos y rellenas con huevo frito; a veces llevábamos arepa sola y papelón. Mi hermano montado delante, yo el más grande, detrás. Desde que salíamos del pueblo, árboles enormes bordeaban el camino; bien temprano, la bulla de los pájaros molestaba en los oídos. La Línea (vía del antiguo tren) era la única parte que se veía sin vegetación. Casi siempre íbamos calladitos; el bosque profundo, después de la salida del sol, tiene un silencio inquietante, daba miedo. Cuando llegábamos a los rastrojos dábamos un suspiro. Yo me bajaba del burro y apartaba las talanqueras; el palo de arriba no lo quitaba. El camino a través de los conucos y rastrojos no era tan oscuro. Las grandes júbaras dejaban colar algo de luz a través de sus ramas. Llegamos al conuco de abajo, pero como estaban maneando el de arriba (río arriba) había que ir bordeando el río, por un camino escasamente trillado a través de la selva y de los conucos. Se atravesaban grandes camburales (cambure, plátano, dominicos, manzanos, cuyacos, cambur de oro), o siembras de yuca o de caña. A veces caminábamos por la playa a la orilla del río sin monte. Llegando al paso de arriba, amarramos el burro, se daba un gritico: “¡Uuuup! ¡Uuuup!” y papá contestaba: “¡Uuuup!”. Esperábamos a que nos viniera a pasar el río en la canoa. Cuando el río estaba “bajito”, nadábamos un poquito o pasábamos caminando. Inmediatamente al estar del otro lado del río comenzaba el trabajo: Papá abría la plazoleta en el tronco de las matas de coco, y luego las maneaba. Nosotros nos encargábamos de recoger la palma y de amontonar el coco. Casi siempre el más pequeño era el que recogía las palmas; no cargaba cocos para hacer los montones. El machete le hacía ampollas en las manos al que recogía las palmas; al que amontonaba cocos se le hacían ampollas las manos y los hombros.



Recoger palmas consiste en agarrar cada palma que se corta arriba o que cae sola de la mata y colocarla en medio de la calle o callejón; alejadas del tronco de las matas de coco; se cortan en trozos pequeños unas sobre otras para después quemarlas al secarse a los pocos días. Amontonar cocos significa que los cocos de cada diez o veinte matas hay que juntarlos en un solo sitio; pero los papás decían que había que hacer montones grandes, por lo que la cantidad de montones disminuía; pero era mayor el trabajo de llenar los sacos y cargarlos en el hombro hasta el montón. Manear todas las matas de coco podía tardar cuatro o cinco días. Después venía la pelada. De esto se encargaban unos señores muy diestros en ese arte. A veces papá ayudaba a pelar. Después de pelados venía la parte más dura del trabajo que era pasar los cocos al otro lado del río. Se iban cargando montón por montón a la canoa. Los barrancos eran los sitios escogidos para amarrar las canoas. Bajar un barranco con un saco de coco en el lomo es difícil; más difícil era subirlo; a veces caían al río el saco y el cargador. Se echaba el coco en la canoa saco por saco y se vaciaban. Cuando la canoa estaba llena cualquiera se encargaba de bogar río abajo, descansando. Había que recorrer cerca de cuatro kilómetros en canoa. Los sitios profundos y los remansos del río eran muy peligrosos; se podía voltear la canoa. A veces había que ser muy buen timonero y bogador para pasar entre las ramas y troncos atravesados en medio del río. Cuando se llegaba al sitio de desembarco, había que maniobrar para parar la canoa cargada hasta el tope, exactamente en el paso. Descargar la canoa de nuevo significaba subir los cocos hasta arriba del barranco a un lugar donde pudiese llegar el camión o los burros para llevarlos al pueblo.



Remontando el río era un tiempo de descanso también, la subida era muy lenta. Pasar el coco podía tardar también dos o tres días aunque se usaban una o dos canoas.

A veces el coco se secaba en el mismo conuco. En ese caso no había que pelarlo. Se partía el coco en dos con un hacha y se sacaba de una vez (sacar la carne del coco). En un lugar donde diera bastante sol, se acomodaban muchas palmas en el suelo y sobre ellas se colocaba el coco “verde” (que no está seco). A los tres o cuatro días de buen sol, se recogía la copra y en sacos o en sacas se llevaba al pueblo. Esta forma de trabajar el coco no se practicaba mucho porque había que dormir en el conuco cuidando la copra o por si llovía poder taparla.



Después de pasar el coco, venía lo emocionante: Echarlo en el camión e ir montado sobre los cocos por todo el camino; apartando ramas, palmas y hojas de cambur. Casi siempre las avispas dejaban a alguno hinchado. Todo este movimiento duraba una semana o menos, durante la cual no se podía asistir a la escuela. Pelar, quebrar y sacar el coco se hacía sin mucho esfuerzo; era la parte fácil del trabajo. Ensacar la copra se hacía una fiesta. Vale la pena resaltar que los padres no daban ningún tipo de dinero a los hijos por este trabajo; sin embargo algunos papás gastaban todo ese esfuerzo conjunto en aguardiente, fiestas y mujeres.



Cuando no se estaba bajando el coco, ir a la vega era sabroso; uno no se levantaba tan temprano. Veía ordeñar las chivas y la vaca. Papá tenía una vaca que era mocha de un cacho. No me gustaba tomar leche de vaca recién ordeñada, no soportaba su olor, la espuma si me gustaba. La vaca se soltaba y los chivos había que llevarlos al monte. El olor de la leche de chiva me era insoportable.



El canto del carrao, las guacharacas, los cristofués; se sentían como si esos animales estuvieran dentro del corral de la casa. El burro, la vaca, los chivos, las gallinas; todos los animales parecían saludar el amanecer. Primero tomábamos el cachi, hecho de guarapo de papelón y un poquito de café. Después desayunábamos y nos alistábamos para irnos a la vega: Ropa de trabajo manchada de coco y de cambure por todos lados, además de remiendos, parches y huecos; era la ropa más vieja que se pudiese tener. Los peores pares de alpargatas, sombrero y machete. Íbamos a pie o en burro. Disfrutábamos del camino; los pájaros e isures se asustaban con la lluvia de piedras que les caía tiradas por nosotros con fondas o con las manos. Mamá a veces nos acompañaba. En la época de verano, el camino era una trocha con tierra lisa a través del monte y de las matas. Las ramas bajitas de algunos árboles tropezaban con nuestras cabezas cuando íbamos montados en el burro. En tiempos de lluvias, quien pasaba más trabajo era el burro, pues el camino se ponía muy malo y con nosotros encima se le hacía peor. Agujeros profundos con barro pegajoso. El burro debía tener cuidado en donde colocar las patas; cualquier resbalón y caía el burro con todo y carga.



Cuando llegábamos al conuco jugábamos tirándonos cadillos, echándonos tierra, subiéndonos en las matas o íbamos a matar pájaros. La escardillita casi nunca la agarrábamos. Cuando iba toda la familia; papá salía al monte con la escopeta a cazar algo para el almuerzo y casi siempre regresaba con un paují, una guacharaca, una paloma grande o una lapa. A veces, papá salía también con todos nosotros a sacar una maba (lugar donde un tipo de abejas almacena la miel) que previamente había visto. Esos momentos eran de mucha alegría. Salíamos a sacar una y conseguíamos dos o más. Nos hartábamos de miel y algunos hasta se emborrachaban de comer tanta miel, se ponían pálidos y comenzaban a vomitar. Una vez fuimos papá y yo solos a sacar miel y conseguimos una arigua; llenamos dos taturos grandes y todavía quedó miel en los zurullos dentro del tronco del árbol.



Todos los preparativos de la comida se hacían en el descanso. El descanso era un sitio debajo de una mata de mango, de camare o de taque seleccionado para tener allí la piedra de amolar, los taturos llenos de agua, las hachas y los machetes; los sacos y allí se comía y descansaba. La candela también se prendía en ese lugar. Después de terminado ese día de trabajo, nos bañábamos en el río. El barro chorreaba en la cabeza de los muchachos y cuando jugábamos a enterrar, se agarraba a alguno, se le acostaba y se le cubría todo con barro blandito.



El regreso al pueblo era cargado de ollas, los platos de peltre y alguna que otra mano de cambur. Al llegar a la casa, al atardecer, había que bañarse de nuevo con agua limpia. Para finalizar el día, uno buscaba los otros muchachos para ir a jugar tóquite o la carana piedra, o para oírles los cuentos a los viejos hasta que llegara la hora de ir a dormir.



Por otro lado había días en que las cuerdas del cuello a punto de reventar bajo el peso del medio saco de comida (batata, cambure, yuca) o doblándoseme la cabeza por el haz de leña, me hacían renegar internamente a aquel tipo de vida; pero la resignación o la visión de la época lo hacían para uno irremediable. Los momentos de rebeldía se asomaban muy fugazmente. Aun así creo que los malos momentos se compensaban con los baños en los pozos de una hora, las comidas de arreijan y camare, las totumitas llenas de jugo de caña, los cambures tigritos cogidos de la misma mata, el salir a cazar pájaros con el perro.



Pienso que era un muchacho miedoso. La soledad de la selva, de los conucos, el ruido monótono de los grillos, los ruidos extraños en el camino, me asustaba muchísimo. Casi todas las noches tenía pesadillas horribles. Los muertos esqueléticos que salían del cementerio cercano, hacían fila para entrar a mi casa por la puerta semiabierta; que yo mantenía cerrada, empujándola con todas mis fuerzas. Siempre ganaban ellos. El toro que me perseguía en la sabana y me alcanzaba. La caída por un precipicio interminable. El perro negro que crecía y crecía, con los ojos brillantes en el callejón oscuro. El final de la pesadilla era un grito en el cuarto oscuro o mamá que me despertaba:



-José, José, tenéj una pesadilla.




Introducción: Raíces de Pueblo. Tocuyo de la Costa
Prologo: Raíces de Pueblo. Tocuyo de la Costa
El Pueblo de Tocuyo de la Costa
Recopilación Histórica. Tocuyo de la Costa
Recopilación Histórica. Tocuyo de la Costa
Referencias históricas sobre San Miguel del Río Tocuyo.
Río del Tocuyo
Pueblo del Río del Tocuyo
MAPUBARES (De la Vicaría de Coro)
San Miguel del Río del Tocuyo ( De la Vicaría de Coro)
Renta de este Curato
Algunas Narraciones sobre la Posible Fundaciòn de Tocuyo de la Costa
Opiniones sobre la Historia de Tocuyo de la Costa
Villa de San Miguel del Río Tocuyo
Venta de la Sucesón de Vicente Judas González
Venta de Enrique Domínguez y Sebastiám Noguera
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Jefes Civiles en Tocuyo de la Costa durante 1882
SIMÓN BOLÍVAR, Nuestro Libertador en Tocuyo de la Costa
Origen y significado del nombre Tocuyo
Régimen de Encomienda
Tocuyo de la Costa Pueblo de Doctrina y Pueblo de Misión
Una Aproximación a la Historia de Tocuyo de la Costa
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