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Primera Misa en Coro. Bautismo de Manaure y de su familia

. Disparidad de pareceres ha suscitado lo de la primera Misa en la Provincia de Venezuela.

Monseñor Constantino Maradei, Obispo de Barcelona, escribe a este res-pecto. Es evidente que, dada la dualidad político-religiosa de que estaba in- buida España, y por consiguiente la conquista de América, al principio tu-vieran que venir muchos frailes y Sacerdotes, en los miles de expediciones que se organizaron. Si existió la sed de oro hubo también el oro de muchos santos y abnegados, que vivían sus ideales evangélicos y comprendían el deber misionero de la iglesia.

Se discute mucho si la primera misa se dijo en Santa Ana de Coro o en Nueva Córdoba (Cumaná). Es evidente que donde hubo agrupaciones huma-nas hubo presencia de iglesia.

En los documentos para la Historia de la Vida Pública del Libertador, cuando se habla de la fundación de la ciudad de Coro por Juan de Ampiés el 26 de julio de 1527, se afirma que con tal motivo se dijo misa bajo una acacia, cuya (sic) misa fue la primera que se celebraba en la Provincia. El P. Guevara Carrera —prosigue— en cambio, afirma que la primera misa que se dijo en el territorio que comprende la Provincia de Venezuela fue en la vieja Diócesis de Cumaná. Téngase en cuenta que Cumaná fue fundada en 1521 y la Asunción en 1524 y que allí hubo Sacerdotes que decían misa. (4)

Dado este razonamiento de Mn. Maradei, es casi seguro que en Cumaná se dijo antes misa que en Coro. Es obvio. Los Sacerdotes, religiosos o seculares cuando llegaban a un lugar lo primero que hacían era levantar una Cruz, signo y símbolo de su presencia, y celebrar el santo sacrificio de la misa.

Si nosotros admitimos como cierto lo que dice el Dr. Argaya y algunos otros, que en la expedición del hijo de Ampiés a Coro llevaba Sacerdotes, te-nemos que admitir también que desde entonces, 26 de julio del 27, se celebró misa en el poblado que empezaba a organizarse.

Respetando toda la tradición y las opiniones de la fundación de Coro en el año 1527 me arriesgo a proponer como la fecha de la Primera Misa Solemne, de la implantación de la Cruz de San Clemente y del Bautismo de Manaure y sus familiares, la del mes de noviembre —el 23 exactamente— de 1528. Varios testimonios me dan pie para ello.

De la obra del Dr. Lucas G. Castillo Lara, próxima a publicarse, cuyos originales mecanografiados tengo ante mí, saco esta afirmación.

(1) Constantino Maradei. Venezuela: Su Iglesia y sus Gobiernos. Edición Trípode 1978 pág. 16

El año siguiente (1528) Juan de Ampiés se trasladaba de Santo Domingo a la región de coriana y consolidaba la fundación. En esta expedición de Am-piés... iba de Capellán el Padre Mercedario Fray Antón Merino, residente en el Convento de Santo Domingo a donde había pasado desde España. Por las excelentes relaciones mantenidas con los indígenas, Ampiés fue recibido con todo cariño y magnificencia por ¿1 Cacique Manaure. Bajo la sombra de un cují se dieron un abrazo de amistad y se celebró la primera misa.

La tradición conserva el recuerdo de este lugar, con una vieja Cruz, hecha de madera del Cují, bajo cuya sombra se abrazaron y se dijo la misa, colocada en la plazuela de San Clemente, en Coro, contigua a la iglesia de ese nombre.

El mismo Padre Fray Antón Merino, debió adoctrinar e impartir el bautismo al Cacique Manaure y a muchos de sus súbditos. Como era usual, los indígenas bautizados adoptaron nombres del Santoral cristiano. Manaure fue nombrado D. Martín, una hija Teresa, otra Doña Mencía y su yerno Fernán García. (5)

Que la fecha del 23 de noviembre de 1528 es la más propicia y segura para el encuentro solemne entre Ampiés y Manaure, la primera misa bajo el Cují o acacia, el bautismo de la gente caquetía, los festivales populares que describe el poeta Castellanos, la afirmación definitiva del reconocimiento de vasallaje por parte de Manaure etc. etc. lo detalla Demetrio Ramos.

(2) Apuntes citados de Lucas G. Castillo, pág. 16





En Ja página 343 del tantas veces citado libro, pone un Título de apartado:

La Partida de Ampiés hacia Venezuela: Fin de Octubre de 1528. Para probarlo dice, entre otras cosas, que los Oficiales Reales, el 12 de noviembre de ese año, escribieron a la Corona dándole cuenta de la partida de Ampiés hacia las islas y tierra firme, como la cosa más normal. «El factor Xoan de Dampiés tenía xente fecha e una nao gruesa aparexada para yr a la ysla de los Xigantes de que Vuestra Magestad le abia fecho merced e dado lyscencia e abía fecho mucho gasto sobrello. Fallóse en parte desta ysla (de) donde quatro o cinco dias podía pasar a las dichas yslas (de los Gigantes) e fue en la dicha nao.» Más concretamente afirma que Pedro Moreno fija la fecha del 26 de octubre cuando atestigua que salió «quatro o cinco dias antes de Todos los Santos.» Cita también, aunque sin tanta precisión, lo que escribió el Ho. Nectario María «que fue durante el mes de octubre.»

En las páginas 358 y 359 describe el rumbo de este viaje y traza, en un mapa, el itinerario completo desde la Española hasta Coro. Comenta asi el acontecimiento. «Por consiguiente, sabemos que trás una breve escala en Curazao —tan breve que algún testigo dice que pasó directamente a Coro— doblando por Aruba, embocó al golfo de Venezuela, para entrar en el golfete de Coro, tal como lo explica Andrés de los Ríos, uno de los marineros de la expedición: «...queste testigo e la otra gente fueron a la ysla de Curazao e de allí al pueblo del Cacique de Coro...» Continúa. La arribada tuvo lugar en el mes de noviembre de 1528, sin duda en los primeros días, según lo qúe manifiestan los declarantes que se refieren a la llegada a la Tierra Firme, unánimemente. Na-turalmente, Ampiés tenía gran urgencia en llegar a Coro, donde estaba el poblado de Manaure, para compensar la devota relación y llevar adelante sus designios, a los que ahora, menos que nunca, podía renunciar.

No se extiende demasiado el Dr. Ramos en los detalles de la entrevista per-sonal de Ampiés-Manaure. La da como segura y como acabamos de ver en el mes de noviembre de 1528.

Como hito gráfico y testigo fehaciente, inserta Ramos una lámina, fuera de texto, entre las págs. 344-45, con elegante foto de la Cruz de S. Clemente. El pie de imprenta de esa lámina dice: Cruz ante la cual, según la tradición, se dijo la primera misa de Coro. Sabemos que al menos Juan de Ampiés llegó acompañado de su Capellán, el Mercedario P. Antón Merino, con algún otro religioso. Se conserva protegida por un templete y artística reja.

Después de estos acontecimientos —la entrevista de Ampiés con Manaure y la afirmación de la paz y la amistad— concluye para Ramos la actividad del fundador de Coro. Termina, podríamos decir que bruscamente, la acción de una vida minimizada hasta el extremo, sin dejarnos ninguna otra huella. Ni siquiera nos habla de los dimes y diretes entre Alfinger y Ampiés. O muy incidentalmente se refiere a este sonado caso. Tampoco cuenta para él la defensa que hubo de emprender Ampiés de vuelta a su residencia de La Española, donde la prudencia y la valía del P. Merino, como sabemos por otros escritores, ayudaron a la rehabilitación de Ampiés.

Yo creo que quien más importancia da y quien mejor escenifica los sucesos del mes de noviembre de 1528 es el cronista-poeta Castellanos. Aunque nada nos dice de la fecha y «como me lo contaron te lo cuento» así narra la versión de los hechos.

Bosqueja, en primer lugar, la importante figura del Gran Cacique, para después presentárnoslo como cristiano convencido:

Estos trajeron al cristiano bando

—(Ampies y su Capellán P; Merino)— al indio que Manaure se llamaba, el cual sobre caciques tuvo mando y toda la comarca sujetaba.

Fue Manaure varón de gran momento de claro y sagaz entendimiento.

Del trato que dispensó tanto a los suyos como a los españoles escribe estas lindezas:

Tuvo con españoles obras blandas,

palabras bien medidas y ordenadas, en todas sus conquistas y demandas temblaban dél las gentes alteradas; hacíase llevar en unas andas con chapas de oro bien aderezadas, y la amistad y la paz después de hecha la tuvo con cristianos muy estrecha.

Usaba de real magnificencia

sin se le conocer parecer vario, a sanos y a sujetos a dolencia siempre les proveyó lo necesario: de tal manera que sin advertencia se hizo poco a poco tributario, pero jamás disgusto ni molestia pudieron perturbarle su modestia.

Su bondad natural, aun antes de ser cristiano, la describe con definición:

Nunca vido virtud que no loase ni pecado que no lo corrigiese, jamás palabra dio que la quebrase ni cosa prometió que no cumpliese;

Y en cualquier lugar que se hallase ninguno le pidió que no le diese, en su mirar, hablar y en su manera representaba bien aquello que era.

Con estas honorables dotes era muy natural que Ampies intentara —y por cierto sin grandes esfuerzos— conquistar para la fe cristiana al singular Cacique;

-Ampies viendo persona tan urbana en medio de tan rudo barbarismo, dióle noticia de la fe cristiana siendo bien instruido por el mismo; y después recibió de buena gana el agua del santísimo bautismo: llamóse don Martín y después desto bautizó de su casa a todo el resto.

Además de la mujer, hijas e hijos se bautizaron todos los vasallos que tenía por granjas y cortijos; corrieron españoles los caballos por más solemnizar los regocijos, el don Martín holgaba de mirarlos, admirado, suspenso y espantado de ver irracional tan bien mandado

Las buenas cualidades que admiró Ampiés en el gran cacique, antes y des-pués del bautismo, le llevaron a trabar una verdadera amistad con él y con los otros caciques de tierra adentro. 

Fue siempre de Ampiés amigo caro satisfaciendo bien sus voluntades, de todos clementísimo reparo y socorro de sus necesidades; no supo de sus bienes ser avaro ni maculó jamás las amistades, fue fiel en la palabra y en el hecho y libre de maldad siempre su pecho.

Con estas sobredichas ocasiones conforme a pacifica costumbre, el capitán Ampiés y sus varones tuvieron de la tierra mayor lumbre; y aquellas circundantes poblaciones vinieron a la paz y servidumbre hasta catorce leguas más adentro más de su voluntad que por recuentro.

Aunque Castellanos no se hace eco de las disensiones entre Alfinger y Ampiés al llegar los alemanes con titulo de dominio, ignorando, sin duda, lo de la prisión de Ampiés y lo de la escritura de la cárcel, dice que se volvió tranquilamente a su casa:

Colando más adentro con el cebo de lo que por los indios se decia vino la nueva del gobierno nuevo que por los alemanes se traia.

Movióse Juan de Ampiés y yo me muevo dejándolo, por ir por otra via y tratar desta gente que ya viene pues él se fue do sus haciendas tiene.

Vistas las buenas cualidades del gran Cacique que Ampiés descubrió con el trato amistoso y cordial, intentó, por todos los medios, darle noticia de la fe cristiana para que pudiera ser bautizado. ¿Fue el mismo Ampiés quien lo instruyó o fue el Capellán Merino y sus compañeros? Si Castellanos dice entre sus versos que:

«dióle noticia de la fe cristiana siendo bien instruido por el mismo»

también nos ha dicho antes que:

«Estos trajeron al cristiano bando al indio que Manaure se llamaba.»

En «estos» que lo trajeron al cristiano bando está sin duda el P. Merino que fue llevado «e para adoctrinar e para babtizar a los indios.» Si como dice Ramos la llegada de Ampiés a Coro fue en los primeros días del mes de noviembre pudieron tener tres semanas para que el Capellán y sus compañeros lo

instruyeran lo suficiente para poder recibir el bautismo el dia 23, festividad de San Clemente. Su índole natural y los grandes deseos, en tantas oportunidades expresados, harían que en ese tiempo captase lo más importante de nuestra religión para poder ser bautizado.

Los días que transcurrieron entre la llegada de Ampiés y su comitiva a los dominios del cacique Manaure pudieron muy bien emplearse en los preparativos para los grandes festejos populares que organizaban. Tanto por parte de los españoles como de los indígenas era importante la reunión conjunta. El bautismo de Manaure y muchos de los suyos requería una digna organización.

Ya vemos como Castellanos nos lo cuenta:

«corrieron españoles los caballos por más solemnizar los regocijos.»

Bien seguro que el brioso y altivo caballo, domado y espoleado por los es-pañoles, no había hollado hasta entonces los corianos medanales. Para D. Martín era algo nunca visto.*

«el don Martín holgaba de mirarlos admirado, suspenso y espantado de ver irracional tan bien mandado.»

Es de suponer que los indígenas entusiasmaran también a los visitantes con sus típicas danzas. La alegría y el entusiasmo debía ser mutuo.

Un dato muy significativo de por qué Manaure recibió en el bautismo el nombre de Martín lo explica el Dr. Ramos.

Hay un detalle —escribe— que presta autenticidad al pasaje del cronista Castellanos, que él no pudo inventar: el nombre de Martín con el que se cristianó a Manaure. Si sabemos que lo habitual era que el cacique tomara el nombre del español de mayor rango de los que llegaban a su tierra ¿no resulta contradictorio que en la circunstancia que ofrece el cronista, el jefe caquetío no fue llamado Juan, sino Martín? Esta aparente contradicción es, por el contrario, un testimonio bien valioso, puesto que... el padre de Juan de Ampiés se llamó Martín. Así, es evidente que quiso recordarlo en este momento tan solemne para él, dando al cacique caquetío, no su nombre, sino el de su progenitor, aquel embajador extraordinario enviado por el Rey Católico a Londres, a quien tiene presente ahora, para honrar al amigo indígena, en la circunstancia en que, al hacerle cristiano, culminaban los esfuerzos de tantos años. Ni Castellanos sabía cómo se llamó el padre de Ampiés, ni ninguno de los cronistas. Era la expresión del vivo orgullo que Ampiés sentía por su progenitor, que así pasaba a convertirse en cabeza del linaje cristiano de los Ma-naure.

En la nota que inserta como corolario de este texto añade. Debemos apuntar también el hecho de que el apellido cristiano Martínez fue desde entonces utilizado, emparejado al de Manaure, como distintivo del linaje de los descen-dientes del cacique caquetío, tal como se ve en el expendiente citado en la nota

743 bis, donde aparecen, en el siglo XVIII, Juan Basilio Martínez Manaure, Domingo Francisco Martínez Manaure, Juan Martínez Manaure y Juan San-tiago Martínez Manaure. Cita para comprobación el Boletín del archivo General de la Nación. Caracas, num. 229, pgs. 10-38, del año 1975.

Por tanto, autenticidad y veracidad se pueden dar a estos hechos y no atri-buirlo a una licencia poética del cronista.

Fundado en los mejores historiadores que han escrito sobre el ordenamiento de los poblados caquetios en pueblo y ciudad al estilo español y en que Juan de Ampiés no estuvo personalmente en Coro hasta finales del año 1528 sostengo lo que anteriormente dije. La afirmación de la amistad caquetío-hispana y la solemnización de este pacto con la implantación de la Cruz, la Misa bajo añoso cují, bautismo y cristianización de Manaure y los suyos, fueron acontecimientos del año 1528. El P. Merino bautizó a Manaure.

Es para mi significativo que a la Cruz, conservada, aún, dentro del templete con que la ornamentara Juan Crisóstomo Falcón, se le haya dicho siempre la Cruz de San Clemente. La antigüedad del templo de San Clemente es indis-cutible. No tengo suficientes elementos de juicio para atestiguarlo, pero se me ocurre preguntar ¿fue el templo de S. Clemente quien dio nombradla a la Cruz, testigo de la amistad Manaure-Ampiés, o fue la Cruz, plantada en el mismo escenario de los acontecimientos, la que impulsó la construcción del templo? ¿Data de aquellas fechas la primitiva capilla —pajiza sin duda, como las casas de entonces— para conmemorar la fecha y el lugar del histórico evento? ¿Qué dificultad hay en admitir que el Papa Clemente VII erigiera en Obispado, y por lo tanto en Catedral, la capillita dedicada a Santa Ana el 21 de julio de 1531, por ser la fecha de Ampiés, hijo, y junto a la cruz, hito histórico para las generaciones futuras, se construyera la capilla de San Clemente? Santa Ana, Catedral, conmemora la primera llegada de españoles a los dominios de Manaure. San Clemente simboliza el afianzamiento de esa amistad, tantas veces proclamada entre españoles y nativos.

Resumiendo. Los datos más recientes, sacados de los archivos, nos dan co-mo pruebas para afianzar la tradición estos hechos. En Coro estuvo Ampiés hijo, en 1527 y desde esa fecha, 26 de julio, comienza la fundación del poblado. En 1528 llegó Ampiés, padre, para confirmar y ver de organizar el asentamiento de los españoles, en el poblado mixto. El día de San Clemente de este mismo año, 23 de noviembre, se solemnizó esta efemérides, con el abrazo de las dos razas, simbolizado por el de los dos Jefes, Manaure y Ampiés. Nada más propicio para conmemorarlo, que la hermandad cristiana, con el bautismo del Diao Caquetío. Su ejemplo, como el de Clodoveo, impulsó a los de su tribu a ser cristianados. El Archivo de Indias, de Sevilla, nos da la clave en cortas líneas. Ampiés se llevó en su viaje al P. Mercedario, Antón Merino y algunos compañeros, no sabemos cuántos, «e para atraer e para conduzir a los yndios a la fee católica e para babtizar a muchos yndios como los babtizaron él y otros padres que ende se hallaron con el dicho factor.»





Bien categórica es esta afirmación: se hallaron presentes y realizaron lo que pretendían en su misión. Desde allí y desde esa fecha, como lo narra Castellanos en sus versos, empieza la irradiación benéfica del cristianismo, que se va esparciendo a los demás pueblos que van surgiendo en la Provincia.

No resisto la tentación de insertar aqui un relato que de estos acontecimientos nos da el cronista moderno de la ciudad de Coro, Angel S. Domínguez. Aunque tergiversa, un tanto, según parece, las fechas, como se venía haciendo hasta ahora. Lo enjundioso del relato y el numen poético que lo inspira lo hacen digno de ser releído.

Su título: La Cruz de San Clemente.

Es el día de San Clemente. El oro pálido de los médanos que demoran al Norte se riza y desgaja bajo un reverberante sol de fuego. Los cardonales, silenciosos legionarios de la llanura caquetía parecen abrir paso a los recios tercios de Castilla. Don Juan (Martínez?) de Ampiés hace alto. Un añoso y frondoso cují le brinda abrigo. Advierte que a cierta distancia del sitio en que se halla resuena el monótono y discorde vibrar de guaruras y botutos. Un mancebo robusto y fuerte, exornado con las joyas que indican su alto rango, se de-tiene ante el caudillo español. Es el señor de Hurihurebo que precede a lps heraldos de la altiva y orgullosa casta Arauca.

Don Juan de Ampiés, el Capitán Martínez, el tremendo Pedro de Limpias y sus demás compañeros se levantan la visera, se despojan del guantelete, imitando al de Ampiés, le tienden la mano al ilustre mensajero indígena. Este dice en lengua cristiana, aprendida en su cautiverio en la isla de Cuba: «mi suegro y señor, el gran Cacique de Manaure, supremo Diao de la gran nación Caque- tía, cuyo imperio se extiende desde las márgenes del padre de las aguas, el río Orinoco hasta las islas de Cibao y Cuba, que vosotros llamáis Antillas Mayores, os manifiesta que está dispuesto a pactar con vos, bajo las condiciones de igualdad y fraternidad que han sido el Norte de las costumbres y procedimientos de su pueblo y de su gente». El de Ampiés repuso: Bienvenido sea el que nos tiende los brazos. El gran Manaure será recibido con todos los honores que merece su alto rango y su persona. Este noble aliado no será para nosotros un compañero sino un hermano.

Majestuoso, solemne, rodeado de sus más poderosos vasallos, recostado en lujosa hamaca, exornado con sus más ricas joyas, en que esplendían brazaletes de finísimo oro maleable de los extraviados socavones de la Península de Paraguaná; collares de riquísimas perlas de los placeres del Golfete de la antigua Curiana; penachos de las más vistosas plumas de guacamayos y goicoyes denuncian la altísima jerarquía del supremo Diao de la noble e hidalga tierra de Curiana.

Juan de Ampiés avanza hacia del Cacique, que sin levantarse de movible asiento, guarda toda la dignidad de Señor de las Tierras que ofrece, con hospitalidad y noble acogida a los representantes de la Corona de España. Después de una brave explicación el Sacerdote que acompaña a la expedición castella-na, inicia la Primera Misa histórica de Tierra Firme. El anciano Cacique, con su corte escucha, en silencio, las plegarias que dirige al altísimo otro venerable anciano como el Diaó.

Luego estallan los fuegos artificiales. Los arcabuces y los cañones de a cuatro disparan veintiuna veces en honor del gran Manaure al celebrarse el pacto que jamás vio la Nación Caquetía; en honor del que ha legado a los hijos de la tierra coriana lo mejor de su corazón y de su raza.

Los tercios españoles suben a sus cabalgaduras, y como hábiles jinetes, ejecutan los más variados ejercicios, que Manaure y los suyos aplauden admirados, ya que es la primera vez que en América se inician los ejercicios hípicos, como lo demuestra la misma historia del Continente.

Símbolo de paz y testigo de esa primera Misa, es la madera de aquel añoso cují que todavía se irgue, solemne y grave, desde al año 1527 (28?) en la Plazuela de San Clemente. O sea la cruz que proclama, ante la conciencia de los siglos, que la ciudad de Coro es la Matriz noble, altiva y orgullosa, de la Nacionalidad Venezolana (6).

El enfático relato de Angel S. Domínguez, describe muy bien como pudieron suceder aquellos hechos. Ninguno de los cronistas de la época nos da una versión exacta. No se sabe si la casa fuerte que Ampiés había planificado, estaba ya en condiciones para recibir al gran Cacique. Por eso lo más probable es que todo se hiciera, como transmite la tradición, al aire libre, debajo del árbol más abundante en la región, el encorvado y rugoso cují.

Dos obras modernas dedicadas por los falconianos, para perpétua memoria, dan idea clara de esto. Me refiero a la estatua campestre del Indio Manaure, en la plaza de su nombre. Manaure, en mayestática pose, ofrece lo mejor de sus tierras, a los recien llegados a sus dominios. No existe ornamentación, para enmarcar el acaecer extraordinario.

El segundo monumento histórico moderno, de singular importancia para mi intento, es la obra pictórica que inmortaliza el entendimiento entre ambas razas. El óleo que, por cortesía de Monseñor Francisco José Iturriza Guillén, se reprodujo, con motivo de los 450 años de la fundación de Coro, tiene plasticidad impresionante. Da colorido y expresión a ambos bandos. Se lee en la parte inferior izquierda: Juan Antonio Sevilla 1959. En la parte derecha: Recibimiento de Juan de Ampiés por el Cacique Manaure. (Por encargo de Mons. Dr. Víctor J. Pineda.)

La Junta de las conmemoraciones del 450 aniversario, reprodujo, a color, el que con cuidado y esmero conserva Monseñor Iturriza en su Despacho, y lo distribuyó, con profusión. Conservo un ejemplar en mi poder, obsequiado, con cariño por Monseñor Iturriza.

Solemne y majestuoso, llevado sobre andas con nobles aderezos, como lo describe Castellanos, Manaure da la bienvenida, a sus tierras y a sus dominios, al de Ampiés y a su gente. El Capitán D. Juan, en traje militar, le tiende la mano y acepta el ofrecimiento. Obsequios y regalos de ambas partes esperan, en el suelo, el momento de ser intercambiados.

(6) Crónicas y Leyendas de Coro —Angel S. Domínguez—. Coro 1970 pgs. 56-57.

Detrás de Ampies, en segunda línea, testigo de los hechos, aparece la inmaculada blancura del sayal Mercedario. El Capellán, P. Antón Merino, pudo muy bien declarar que «él y otros padres ende se hallaron, con el dicho factor.» Asi lo testimonia la inspiración pictórica de Juan Antonio Sevilla.

Según he ido aclarando, a lo largo de este capítulo, hay base histórica para ello. No es un engendro pictórico-literario.




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Los Primeros Evangelizadores en América.
Facultades extraordinarias dadas a los Religiosos que pasaban a las Indias
Primeros Mercedarios en América (Siglo XIII)
Bases Teóricas; la importancia del cocotero y sus usos.
Bases Teóricas: la importancia del cocotero y sus usos.
El Primer Convento Mercedario en Santo Domingo
Destacados Mercedarios que Acompañaron A los Conquistadores y Pobladores de América.
Juan De Ampiés, Fundador de la Ciudad de Coro
Juan de Ampiés y los Mercedarios
Preparativos para la fundación de Coro
El hijo de Juan de Ampiés en Coro
Juan De Ampies en Coro, Sella la Amistad con Manaure
El P. Antón Merino, Mercedario, acompañó a Ampiés y bautizó al Cacique Manaure
Primera Misa en Coro. Bautismo de Manaure y de su familia
Ampies, Alfinger y el Capellán P. Merino

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