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Juan Vicente GómezGómez: "El 17 me esperan"



Gómez, por lo demás, ya nada podía resolver. Había sido el del poder omnímodo durante 27 años, pero ahora se estaba muriendo, y quienes lo rodeaban sólo esperaban que terminara de morir para tomar la mejor4 parte que pudieran de cuanto él dejaba y significaba. Gómez ya estaba muy débil. Solía recuperarse y decirles algunas palabras a sus hermanas e hijos o acariciarle la cabeza a alguno de sus nietos, pero después caía en sueños llenos de desvaríos. J. A. Cova, Director del “Nuevo Diario”, ha contado que la mañana del viernes 13 de diciembre, cuando López Rodríguez y Ramón Ignacio Méndez Llamozas, médicos de cabecera de Gómez, entraron al dormitorio de éste, el anciano enfermo se enderezó en su lecho y les dijo: “Anoche sentí una cosa tan grande que me sentí morir... Luché con la muerte... y la vencí. Aquí me tienen ustedes para que me curen... Ahora les toca a ustedes curarme...”.

—Ese mismo día 13 de diciembre, al atardecer —agrega Cova en su libro “Entre Barrotes”—, el General llamó a su hijo Florencio y le preguntó: “¿Qué día es hoy?”. “Viernes”, le respondió el hijo. “Dígamelo en número”, le mandó el anciano. “13 de diciembre, papá”. Entonces el General Gómez cerró los ojos, guardó un largo silencio, y como hablando consigo mismo, dijo, inclinando la cabeza: “El 17 me esperan”. El, que había nacido un 24 de julio como el Libertador, quería morir también como éste, un 17 de diciembre.

Y mientras Gómez veía su muerte, López veía venírsele encima la conspiración. Como a las 10 de la noche del 13 de diciembre, recibió informes de que el Coronel Tarzona se había reunido con trabajadores en su casa y los había mandado pueblo abajo; que el general X estaba anotando a varios individuos, y entre ellos a un tal Becerra; que un operario de la Central de Telégrafos de Caracas le dijo al general XX que tenía la seguridad de que el ge-neral VB trabajaba para Eustoqnio; que el Jefe de la Policía de Maracay había hecho cambios y colocado a 3 agentes en cada esquina; que el coronel P.G. y el general L, eran sospechosos de ser amigos de Eustoquio.

López Contreras dijo en “Páginas para la Historia Militar de Venezuela”: “También medió la novedad el coronel B,. que el comandante A le había entregado 5 cajas grandes que suponía eran parque: 2 para el Batallón G, y 3 para el Batallón S, procedente deJE1 Limón; que la revolución sería a puro tiro de revólver, que los hermanos Gómez y Don Eustoquio le están dando dulce en la mano al general López, para agarrarlo y hacerle entregar el mando; que todas las calles y los hoteles estaban llenos de gente forastera y de mala ley...”.

Eustoquio, a todo esto, cuando no estaba junto al lecho de su primo hermano, estaba en el Hotel Jardín, donde los ministros y todos los altos personajes del gomecismo, que no vivían en Maracay, esperaban, anhelantes, el des-enlace. Para López no había duda de que Eustoquio estaba haciendo su comedia, pero no podía detenerlo con las pruebas que tenía. Eustoquio, después de Juan Vicente, era el segundo Gómez fuerte. Lo único que había que hacer erg seguir vigilando estrechamente BUS pasos. Y los de sus incondicionales también. 

El sábado 14, fue otro día electrizante. Eloy Tara zona, el indio de baja estatnra que se había conseguido un grado de coronel, 72 casas y 3 haciendas siendo fiel a Gómez, estaba entre los que entraban y salían a cada rato de Las Delicias, pero si algo hacía lo estaba llevando a cabo en forma muy secreta. De Las Delicias salían los visitantes que habían encontrado al enfermo en un buen momento; pero todos hablaban de su debilidad. Gómez estaba muriéndose. Costaba 'creerlo, pero así era.

El electrizante domingo 15

El domingo 15 de diciembre, López Contreras tuvo una prueba fehaciente de la conspiración de Eustoqitio, cuando su servicio de inteligencia interceptó esta carta:

“Señor Coronel Eloy Montenegro.

Barquisimeto.

Maracay, diciembre 15 de 1935.

“Querido amigo: Lo saludo esperando que tanto usted como su familia estén bien. Hasta hoy, de acuerdo con lo que los médicos le han dicho a los muchachos (hijos de Gómez), el General Gómez está muy grave. Esto será el Día del Juicio. Será un desastre. Dígale a los jefes de los batallones que pongan mucha atención, que redoblen su vigilancia y que deben consultar conmigo, no obedeciendo más órdenes que las mías y que tengan cuidado de no ir contra mis deseos; aun cuando el Ministro de Guerra les de órdenes, no deben moverse hasta que yo lo ordene.

“Fíjese en esta clave: cuando le diga “terminó el trabajo”, significa que el General se murió o está agonizando, de modo que nuestra gente se ponga sobre las armas.

“El estado de los asuntos es muy incierto y no se sabe lo que pueda suceder. El general Gómez no dejó nada organizado, lo cual hace la situación muy difícil

“Llame a Josué y dígale lo mismo que le digo a usted, que debe estar muy vigilante y cuidadoso, que en caso de que algo suceda, tomen las. armas y les notificaré de algún modo la clave. Aliste un expreso (suprimido el nombre), dígale lo mismo, que tenga gran cuidado y que todos estamos de acuerdo, que -lo que necesitamos hoy es únión entre todos, para ser invencibles en el momento dado.

“No he tenido noticias aún de lo que el Roya] (Royal Bank of Canadá) ha decidido acerca de recibir el dinero que le dije a usted. Estos asuntos deben estar manejados con extrema cautela para que nadie se entere. Dígale al coronel Mendoza que preste mucha atención, que ponga al Coronel Benavidez, encargado ahí, que venga al Tocuyo, y que agregue algunos policías más para que su vigilancia sea más estricta, y no deje de poner atención sobre los enemigos que él sabe. En otras palabras, tenga cuidado, mucho cuidado en todo.

“Su amigo que lo abraza. 

López, apenas leyó esta carta, reforzó la vigilancia en los hangares del ejército y los cuarteles de Maracay. Las órdenes se sucedían como en una guerra. Se cancelaron todas las salidas. Los soldados estaban sobre las armas. Alrededor de los hangares, frente al camino de Las Delicias, fueron apostadas ametralladoras; en los puestos también.

Mientras todos estos movimientos aumentaban la espectación, López llegó hasta el hangar y arengó a los soldados. Les dijo que debían servir a sus jefes obedientemente, así servirían mejor a la patria. Les habló de su ilustre Presidente y Comandante en Jefe. El confiaba en ellos, sucediera lo que sucediera.

Los soldados creyeron entender con esto que Gómez estaba en las últimas o había muerto.

Gómez, ese día, estuvo bastante grave. Recuperaba y perdía la conciencia. Se Regó a pensar en que dejaría de existir en cualquier momento. El doctor Enrique Urdaneta Carrillo trató de llevarle un sacerdote y se lo insinuó a Gómez, pero Gómez no quería confesarse. Reunió fuerzas para levantar la voz: No! ¡El cura no!”.

Más tarde, ese domingo, Gómez sufrió un síncope. J. A. Cova, el periodista e historiador cúmanés que vivió toda su vida admirándolo, escribió sobre este ataque de Gómez: “El 15 de diciembre de 1935, a causa de un largo síncope, se creyó que Juan Vicente Gómez había muerto. Hasta en su propia casa la noticia se dió por cierta y como tal corrió por toda Caracas, de allí que una gran mayoría se incline a creer que, en efecto, falleció ese día y que la noticia se reservó para el 17, para hacerla coincidir con el aniversario de la muerte del Libertador... Eso habría sido imposible, dadas las circunstancias. Además, allí había hombres demasiado serios —el general López Contreras, entre otros— para superchería semejante”.




Introducción: El Final de Juan Vicente Gómez
Eleazar López Contreras corre peligro
Juan Vicente GómezGómez: "El 17 me esperan"
Tarazona: "El venado está listo"
El 17, día decisivo en el fallecimiento de Juan Vicente Gómez 

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