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Juan de Ampiés y los Mercedarios



Cuanto llevo escrito anteriormente, capítulos II y III, quisiera que fuera como unas premisas —bastante difusas, por cierto— para llegar a una conclusión de orden práctico. Que en la fundación de Coro, en los orígenes de la primera comunidad caquetío-española, tuvo inñuencia benefactora la Orden de Ntra. Sra. de la Merced.

A falta de datos más concretos que puedan estar enmohecidos en los estantes de los archivos, tenemos a Juan de Ampiés relacionado con la Merced, en Santo Domingo, bastante antes de la fundación de Coro.

Para 1514, el Factor, protector magnánimo de los indios, ya estaba familiarizado con los frailes de la Merced. Les cede, graciosamente, algunos de sus servidores para que trabajen en la obra de ampliación del monasterio.

¿De dónde le afluyó a Juan de Ampiés esa actitud magnánima, desprendida, altruista, si se quiere?

A fuer de atrevido —convencido, no obstante— me aventuro a decir que las nobles cualidades humanas del aragonés se fueron aquilatando, a lo cristiano, con el frecuente trato de los Religiosos Mercedarios. Cierto que cuando recibió el encargo de poblar las islas y la tierra firme, los Monarcas le dieron directrices para tratar a los indígenas. En la Real Provisión de 1526, Cap. VI, que después pasará a ser norma de ley, se le ordena: «que la primera y principal cosa que se debe hacer con los moradores de las nuevas tierras es enseñarles buenas costumbres, instruirlos en la fe católica, apartarlos de los vicios y del hábito de comer carne humana, y atraerlos al señorío español.»

Esto se lo exigían sus atribuciones, pero sabemos que llegó mucho más lejos. No sólo se preocupaba de instruirlos, convencerlos, educarlos, sino que los manumitía. Los devolvía a sus tierras y a sus familias. No quería esclavos, sino hombres libres. Esta actitud, verdaderamente cristiana, no procedía de cédulas y mandatos reales. Debe tener su fundamento en algo más concreto y de orden superior.

Anteriormente mencioné las obligaciones que todo Mercedario contraía, por pertenecer a esa Orden. Fundada en 1218 por el procer barcelonés San Pedro Nolasco, obligaba a sus miembros con un voto especial de Redención de cautivos. Los compraba con dinero, o con la generosa entrega de sus Hijos como rehenes. En muchísimas oportunidades pagaba con la sangre de sus Religiosos el rescate de las prisiones. Algo más de trescientos años llevaban los

Mercedarios descendiendo a las mazmorras agarenas de ambas riberas del Mediterráneo, libertando muchos miles de cautivos. ¿Por qué iba a ser distinta su manera de actuar en estas latitudes? Desde los primeros tiempos de la Orden hasta finales del siglo XVIII, no cejaron en este empeño. Además, como los Religiosos solos no podían hacer frente a todas las dificultades que las Redenciones llevaban consigo, procuraban, constantemente, la colaboración de personas seglares.

Los Reyes de España, desde el munífico protector D. Jaime I, los magnates, los que financiera o políticamente podían influir en la obra de las Redenciones, fueron buenos colaboradores de las Redenciones.

Uno de esos personajes fue Juan de Ampiés. En el reino de la Corona de Aragón se había extendido rápidamente la Orden.

«El católico Rey Fernando, patrón y casi padre de nuestra Orden —escribió Tirso de Molina— que como tan de casa conocía a sus hijos (los Mercedarios) diólos por compañeros y capellanes a los conquistadores.» Juan de Ampiés, aragonés, hombre de plena confianza real, Factor, poblador de islas y pacificador de indios en tierra firme, vivió en Santo Domingo influenciado por sus amigos los Mercedarios.

Cierto que a la muerte de D. Fernando el regente Cardenal Cisneros envió como Comisionados, para este asunto de los esclavos, a los Jerónimos. Su actuación, no obstante, fue muy moderada y muy corta. No llegó a tres años. Nadie mejor que los hijos de la Merced, con su manera de actuar y con sus ejemplos, pudo influenciar a Ampiés.

Mientras alguien me demuestre lo contrario, sostengo este aserto: que los Mercedarios, residentes en su «monaterio» de Santo Domingo, influyeron de-finitivamente en el comportamiento de Ampiés, con relación a los indios que se le encomendaban.

Por la multitud de actividades evangelizadoras, los Religiosos no podían dedicarse, en estas latitudes, a su ministerio específico: comprar y rescatar esclavos. Se preocupaban de que alguien —Ampiés, entre estos— diera plena libertad a los que carecían de ella.

Dejo para el capítulo siguiente otra prueba fehaciente de las relaciones amistosas y de benévola y eficaz colaboración entre los Mercedarios y el Factor Ampiés. La presencia de religiosos colaboradores de Ampiés en la fundación de Coro es patente y manifiesta.

Ampiés, antes de pasar a tierra firme

Desde que en 1511 recibiera Juan de Ampiés las Credenciales como Factor real, en la Española trabó estrecha amistad con los indios que llegaban procedentes de otras islas y de tierra firme. De la costa de las Perlas, de Aruba, de Curazao, de Bonaire, arribaban frecuentes lotes de indígenas para ser distribuidos entre los representantes del poder. Casi todos los tomaban como cosa propia y los vendían como esclavos. Juan de Ampiés era una excepción.

Según el Boletín del Archivo General de la Nación, en su número 181, de los meses julio-agosto de 1958, págs. 635 y siguientes, este pillaje y este tráfico de indios tiene su origen en una disposición real de D. Fernando el Católico. Sin intentarlo, seguramente, dio pie a estos desmanes.

Por informaciones recibidas de D. Diego de Colón, Almirante y Virrey, después de su padre, en la Española y de otros Oficiales de la Gobernación, D. Fernando permitió despoblar unas islas para poblar otras. En 1513 permitió a sus representantes en las Indias traspasar indígenas de las islas de Curazao, Aruba, Bonaire y tierra firme, para las de Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba. Aquéllas fueron llamadas «islas inútiles».



Como Factor y representante real en la Española, también a Ampies le correspondieron varios lotes de indios. El se los llevaba a su casa y viéndoles gran habilidad y grandes dotes, que en otros no había advertido, se preocupó mucho por ellos. Los encontró muy dispuestos y deseosos de ser cristianizados y convertidos a la fe católica.

En un memorial que dirigió al Rey, dándole cuenta de la incursión que Diego de Salazar hizo por las islas inútiles para capturar a los nativos y llevarlos a Santo Domingo, le dice: «...e trajo de las dichas islas dos mil ánimas... e a mí como vezino e armador con los otros desta ciudad (Santo Domingo) me cupo alguna cantidad de los dichos indios... pues conversándolos en mi casa, me pareció gente de más razón e habilidad que otros indios destas partes, e muy ganosos y deseosos de ser cristianos» (3).

(3) Memorial del Factor a S. M. en CoDoIn, América. Tomo I, pág. 431.

Juan de Ampiés no estaba conforme con que se despoblaran unas islas para poblar otras. Ni tampoco que de tierra firme se capturasen a los nativos para llevarlos a la Española. Se sentía, no obstante, impotente, solo, frente a ios demás Oficiales Reales.

La llegada del Licenciado Rodrigo de Figueroa cambió bastante la situación. Fue nombrado en Zaragoza, a mediados de 1519, para asumir funciones especiales, como representante real en Santo Domingo. Entre otras, debía sustituir a Zuazo y a los Jerónimos en el gobierno provisional, y atender a la seguridad de la costa de Tierra Firme y velar por los indios. Para ello se le dan instrucciones y ordenanzas muy concretas.

En el capítulo XL de las Ordenanzas se le dice «...dentro de dos años, los ombres y las mugeres anden vestidos, y por cuanto podría acaescer que andando el tiempo con la doctrina y conversión de los xptianos se hagan los yndios tan capaces y tan aparejados a ser xptianos y sean tan políticos y entendidos que por sy sepan regirse y tomen la manera de vida que allá biven los xptianos, declaramos y mandamos y decimos que es nuestra voluntad que ios que asy se hicieren abiles para poder vivir por sy y regirse, a vista y arbitrio de vos, Le- cenciado Rodrigo de Figueroa y Juezes de apelación..., que les den facultad que bivan asy.» Otra ordenanza real confirma lo anterior: «Agora, Nos somos informados que, por la mucha comunicación y conversión que los dichos caciques e yndios han tenido y tienen, con los dichos cristianos españoles, muchos dellos se han fecho ya tan capaces y tienen tanta abilidad que podran bivir por sy política y hordenadamente en pueblos... lo cual visto por los de nuestro Consejo... nuestra voluntad es que los yndios naturales y las yndias que tovieren dicha capacidad... se de entera libertad conforme a la ynstruc- ción que lleváis para ello» (4).

Los indios que Juan de Ampiés iba conociendo, y que llegaban a Santo Domingo, tanto de las islas como de tierra firme, tenían todas estas cualidades indicadas en las ordenanzas reales.

Eran pacíficos pero valientes. Capaces de repeler cualquier agresión contra el derecho de su propiedad. Vivían de la agricultura, ganadería, caza y pesca. Eran despiertos de inteligencia y de nobles sentimientos. La antigua tradición nos legó un hecho importante de cómo se portaban en la cacería de animales. «En sus diarias jornadas de caza, para procurarse el sustento, jamás disparaban su rústico armamento contra los animales dormidos o escondidos en sus madrigueras. Antes de lanzar la flecha, solían espantarlos para darles muerte durante la carrera, en la huida.» (Padre Simón, pág 14.)

Muy distinta era la opinión de Ampiés sobre los indios de la Española que él conocía bien. Cuando, en 1517, tiene que dar razones al Rey sobre el com-portamiento de los indios que ha tratado, se expresa en estos términos: «que a cinco años, poco más o menos, que en muchas partes y lugares desta ysla a tenido e tiene yndios de repartimiento, e que este testigo, como fator de sus Altezas, a tenido e tiene cargo en todo este tiempo de los yndios que en sus fa-

(4) Citado por Demetrio Ramos en la obra varias veces mencionada, pág 128

ciendas están encomendados y a los cuales y a otros yndios desta ysla a tratado e comunicado en todo el dicho tiempo, e lo que dellos e de sus costumbres son ynciinados, a conoscido e conosce que son...»

Prosigue diciendo que estos indios tainos son «...ynciinados a muchos vicios e que son muy perezosos, holgazanes y enemigos de trabajar en ninguna cosa e muy amigos de se andar por los montes...» Parece adivinar la poca posibilidad de vivir en poblados como otras personas: «no podran bivir por sy, segund que bive un labrador de rasonable saber en Castilla.» Añade, además, que «son muchos muy luxuriosos y aficionados a la bebida, que por un cuartillo de vino, segund son aficionados a ello y borrachos, sy gelo consyntiesen, darian cada vez que lo hallasen todo el dinero que les pidiesen sy lo tuviesen.»

¿Fue esta gran diferencia que Ampiés encontraba entre los indios de las Antillas y los de las otras islas y tierra firme lo que le impulsó a repoblar las islas inútiles? Podría decirse que sí. Para él, los indios caquetíos —«me pares- ció gente de más razón y abilidad... e muy ganosos de ser cristianos»— constituían el mejor elemento humano para formar pueblos, súbditos de su Rey y fieles cristianos adictos a su religión.

En el corto tiempo que los Padres Jerónimos estuvieron comisionados por el Cardenal Cisneros, en lo referente al trato de los indígenas, influyeron ante el regente de la Corona, muy eficazmente, en favor del Factor.

Así, escribieron en 1517: «Mandábanos Vuestra Señoría Rvma. que seña-lásemos una persona para que'hiciese estos rescates. Acá lo hemos mirado, y parécenos que el Factor de Sus Altezas que en esta isla está, que se llama Juan de Ampiés, es persona suficiente para ello, porque es hombre de buena fama, e sabe en cualquier negociación, e es de edad madura... e según paresce desea mucho el servicio e provechos de Sus Altezas.» Continúan, con mucha diplomacia, para no comprometerse más de lo debido: «Vea Vuestra señoría, si será bien ponerle en ello, porque como no lo conocemos mucho, no queríamos que nos engañase, e si lo tuviese por bien Vuestra Reverendísima Señoría, recibiríamos mucha caridad en que enviase a señalar quien fuese, porque desta manera seríamos nosotros más contentos» (5).

Si bien estas recomendaciones eran favorables para Ampiés, por el momento no se encontraba en disposición de afrontar las muchas dificultades que se presentaban. Por otra parte, los Jerónimos abandonaron muy pronto su misión en la Española. En 1520 regresaron a España.

Desde 1521 fueron más frecuentes, y poco a poco más cordiales, las rela-ciones entre Ampiés y los indios caquetíos. Primeramente con los de Curazao e islas próximas. Más tarde con los de tierra firme, debido al constante intercambio entre unos y otros. Esto se colige del memorial de Ampiés donde dice: «muchas veces se pasaban allá —los de tierra firme a las islas— a holgar con ellos e eran muy bien tratados e mirados.»

(5) Caria de los Comisarios Jerónimos a Cisneros. Santo Domingo, enero de 1517. CoDoln. América. Tomo 1, pág. 278.

El lugarteniente de Ampiés en los primeros intentos de repoblar las «islas inútiles» fue, en principio, Gonzalo de Sevilla.

Lento, pero progresivo, fue este ensayo. Los isleños, que por miedo a la piratería huyeron hacia las regiones de Curiana, fueron regresando a sus islas en vista del buen tratamiento que se les hacía. Puede muy bien entenderse que Gonzalo de Sevilla, para ganarse la confianza, les permitía libertad de movi-mientos. Lo mismo de la costa a las islas que viceversa. Los aborígenes nacidos y desarrollados en plena libertad no podían ser encerrados dentro de unos límites, ni sometidos a unas ordenanzas precisas.

Los méritos de Sevilla, y por lo tanto los de Ampiés, a quien representaba, se fueron aquilatando ante los caciques caquetíos. Los de tierra fírme pidieron ser tratados de la misma manera que los de las islas.

Ampiés recibió plenos poderes en 1526 para organizar, en serio, los poblados ya existentes en la región de Coro. El 15 de noviembre, desde Granada, Don Carlos y Doña Juana confirman la licencia que Don Diego de Colón le había dado para poblar las islas encomendadas. Se le autoriza, además, para contratar, con el cacique de Coro, en todo y por todo (6).

Estas atribuciones reales para su Factor no fueron dadas así como así. Los Reyes ponían toda su confianza en él, porque veían que obraba con la mejor buena voluntad y con gran entusiasmo.

Esto se colige del Memorial que con anterioridad había dirigido Ampiés a sus Majestades. Les da cuenta de su manera de actuar y de los proyectos que intenta llevar a cabo.

«Que teniendo tratado a estos indios de las dichas islas de Curazao, Aruba y Bunayre, qpe están a nueve o diez leguas de tierra firme y habrá en ellas hasta doscientas personas de todas las edades, los indios de la costa de tierra firme... visto el buen tratamiento que yo, en nombre de Vuestra Magestad hacía a los de las islas y a los de la dicha costa que muchas veces se pasaban allá para holgar con ellos y están tan bien tratados y mirados, acordaron enviarme a un gran cacique que se llama d. Juan de Baracaoyca que está en las islas y es su pariente y deudo, con otros indios que entre ellos señalaron, para que me viniesen a servir y a rogar que yo los quisiera recibir, como a los otros debajo de mi gobernación.»

«Esto mismo me enviaba a decir un gran cacique que está a diez leguas, tierra adentro, en la provincia de Coro. El dicho cacique se llama Anaure (Manaure) el cual, por ser tan gran señor, se hace adorar como dios, dando a entender a los indios, que él da los temporales. Y luego yo envié una carabela mia, con solo cinco cristianos y los dichos indios y una india, que en mi casa se ha criado y es muy buena cristiana, para que le hablasen y supiesen si aquello que los indios me habían dicho era verdad.»

«Yo he acordado, según este gran propósito, gastar todo lo que se ofreciese, y trabajar con ellos todo lo posible, para que Vuestra Magestad sea servido por ello y mande que pase adelante o vuelva atrás. Y si V. M. es servido

(6) AGI. Sevilla. Contratación, 3.089. Libro I.°

que por esta via yo trabaje en apaciguar a los indios, ha de ser servido de mandar que desde Paraguachoa hasta la punta de Coquivacoa, no vayan armadas a cautivarlos y si de esto ellos están seguros no dudo en pacificarlos.»

«De esta manera, aquello, poco a poco, se poblará de cristianos, porque si V. M. es servido, con la ayuda de los indios de la costa yo trabajaré de hacer una casa que sea algo fuerte de donde los caribes puedan ser sojuzgados, y si V.M. fuese servido de mandarme poblar estas provincias, hacedme la merced de ello, porque los que estamos acá sabemos que cosas es, tenemos la obligación de servir a Dios y Vuestra Magestad. Yo, si V. M. fuese servido, seguiré en lo que tengo comenzado.»

«Como ahora tienen más noticias mias —prosigue Ampiés— y más con-fianza, nuevamente se han reunido todos los caciques de aquellas tierras, con un cacique que se llama de Coro y me han enviado asi con españoles que allá han aportado, como por otros principales que de allá a esta isla han venido, a decir y rogar que suplique a V. M. los mande amparar y guardar, porque ya ven que nada de esta isla se les promete que se guarde.»

«Yo mismo compré a una hija del cacique de Coro con todos los demás y otros muchos principales, hasta 18 ó 20 personas, las cuales estoy aparejando para enviarlas. A causa de todo esto este gran cacique de Coro dice que si V. M. es servido de mandarlos amparar en sus tierras, que él me promete pacifi-car toda aquella costa y tierra adentro hasta topar con el otro mar, y es pode-roso para hacerlo y además es tierra muy buena para ser poblada por españo-les, he acordado de hacerlo saber a V. M. y hacer alguna información acerca de ello.»

«Así mismo sabrá V. M. como estos indios de esta costa que dicho es son de corazón muy amigos de los cristianos y por la mucha conversación que se ha tenido con ellos saben mucho de las cosas de los cristianos y de la gobernación de ellos y piden de continuo que se les enseñen las cosas de nuestra fe... Como ahora estos indios que envío a la dicha tierra son muy instruidos y muy principales y llevan nombres de cristianos, serán de grandísimo bien y provecho para la pacificación y conversión de los que allá están.»

Además de estos fines de sumisión, pacificación e instrucción, desea Am-piés llevar a cabo una verdadera transformación socio-económica de fondo. Para ello, pide permiso para llevar no solamente gente que trabaje y organice, sino animales y útiles para el campo.

«Que pueda llevar a estas tierras para la población de ellas desta isla o de cualquiera otra destas islas: yeguas, caballos, vacas, puercos, ovejas y otro cualquier género de ganado. En esto como en todo lo demás se haga como a V. M. le pareciese, pues yo no entiendo en hacer capitulación, sino para servir a Dios a V. M. como ya tengo dicho.»

«Que por el presente y hasta que placiendo a Dios la tierra sea tal que se pueda hacer algún pueblo o pueblos, V. M. me mande dar poder y la orden que se ha de tener con los españoles que a ella fueren, para tenerla en justicia yo o otra persona en mi ausencia, porque siempre no podré estar presen- te» (7).

(7) Archivo General de la Nación. Traslados. Juan de Ampies. Tomo IV, folios 1-5-24 y ss.

Estas convincentes razones y muchas otras favorables recomendaciones que llegaban hasta los reyes les motivaron para que concedieran amplios poderes al Factor de Santo Domingo.

Si la misión de Ampies fue exitosa se debió, en gran parte, a su magnanimidad > liberalidad. El trato de protección que daba a los indios que llegaban a su presencia le fue acreditando ante los caciques y ante los monarcas. Las constantes tropelías y desmanes que cometían los demás le dieron suficientes motivos para ejercitar su bondad. En una de estas oportunidades pudo rescatar y liberar a una hija del propio cacique de Coro, Manaure, y a su yerno. Liberalmente los devolvió al jefe de los caquetios. Esto le valió el trato cordial y agradecido de un padre atribulado por el rapto de su hija y familiares.

L arga. paciente y tenaz fue la espera del Factor Ampies. Abundaba en deseos e intentos de poblar las islas de los Gigantes y de pactar con los de la costa. pero las dificultades se sucedían, sin que pudiera llevar a cabo nada definitivo.

Su lugarteniente, Gonzalo de Sevilla, regresó de Curazao para informarle de los sucesos de allá. Iba acompañado de dos importantes caciques ya bautizados: Juan de Baracuyra de Curazao y Baltasar de Paraguaná. Por medio de ellos y de una india de mucha confianza suya, también cristiana e intérprete, intentó, en 1525, entrar en la costa de tierra firme para ver y conocer todo lo que de ella se decía. Quería saber si eran ciertas las proposiciones que le hacían los caciques caquetios.

La entrada fue por el cabo de San Román, en la península de Paraguaná. En la probanza que se hace ante el Rey, en 1526, se dice: «otro dia siguiente, por el mes de marzo deste presente año (1525) fue la tierra adentro donde ay pueblos de mucha gente e le hazian buen acogimiento, e le davan lo que avia menester y se ivan muchos con él.»

En esta incursión tierra adentro, caminando hacia el sur, llegaron desde San Román hasta el poblado de Hurihurebo, predio, sin duda, del cacique Baltasar que acompañaba a Sevilla.

A esta expedición de Sevilla se refiere el cronista-poeta Juan de Castellanos cuando dice de Ampiés:

«Mas, el primero fue que metió gente en tierra de este bárbaro vecino, año de veinticinco con quinientos y el número mayor de los diez cientos.»

No obstante el recibimiento, poco menos que triunfal del Capitán Sevilla, por los indios de Hurihurebo que llegaban a 200 —«donde estaban con él cerca de dozientos indios, entre hombres e mugeres e niños»—, pronto se vinieron abajo las ilusiones de poder llegar a la presencia del gran Cacique, Jefe supremo y Diao de la región Caquetia.

Cuando más contentos y alegres estaban celebrando el triunfo, Sevilla y los cuatro españoles que le acompañaban en la expedición, con los indios que estaban bajo el mando del cacique D. Baltasar, uno de los indios divisó cuatro

carabelas no lejanas de la costa. De momento se alejaron. Mas cuando menos lo esperaban, el capitán de aquella expedición «salteadora», Martín de Baso Zabala, al mando de 130 hombres irrumpió contra el grupo capturando a la mayor parte.

Juan de Acero, que iba en una de las carabelas de la incursión salteadora, declaró más tarde en Santo Domingo que: «estando de mucha amistad —Sevilla con los de Hurehurebo— rescatando cosas que avian menester con ellos el dicho capitán —Baso Zabala— a desora tomó un chiflete de marinero, e como estaban de acuerdo arremetieron... e prendieron hasta la cantidad de ciento e veynte personas, e otros muchos les huyeron.»

En esta oportunidad cayó cautiva la hija de Manaure, con su marido y dos hijos, y tres hijas, un nieto y dos yernos del cacique D. Baltasar. A todos ellos los «trujeron a esta isla —la Española— por esclavos». Fue también capturado D. Baltasar, mas, por favor e influencia de Acero, fue puesto en libertad.

Así de fácil terminó el primer intento de poblar en tierra firme. Nada pudo hacer Sevilla ante lo imprevisto y ante una inmensa mayoría de fuerzas.

58 

Regresó a Santo Domingo en la misma carabela para no separarse de los caquetíos capturados.

Allí dio cuenta a Ampiés de todo lo sucedido. Este reclamó la libertad de los cautivos y la devolución del oro, pero nada consiguió. A duras penas se le permitió comprar —esta vez no le fueron adjudicados por su oficio— a la hija del cacique Manaure, a sus familiares y algunos de los principales, para devolverlos, poco más tarde, a sus tierras.

Para no cejar en su empeño y conseguir sus propósitos, tuvo Ampiés que enfrentarse a nuevas dificultades. Dice Demetrio Ramos que debió oponerse a un triple frente. Debía luchar por la libertad y devolución de los indios capturados; por los derechos que pretendía sobre la tierra caquetía —batalla ésta que ya se había desencadenado en Santo Domingo—, y por la recuperación de la confianza de los indígenas, ya que si la costa quedó medio alzada, se agravó la situación al ir otras naves, haciéndose pasar por sus enviados para sorprender a los indios.




Introducción: La Orden de la Merced por Tierras de Venezuela.
Los Primeros Evangelizadores en América.
Facultades extraordinarias dadas a los Religiosos que pasaban a las Indias
Primeros Mercedarios en América (Siglo XIII)
Bases Teóricas; la importancia del cocotero y sus usos.
Bases Teóricas: la importancia del cocotero y sus usos.
El Primer Convento Mercedario en Santo Domingo
Destacados Mercedarios que Acompañaron A los Conquistadores y Pobladores de América.
Juan De Ampiés, Fundador de la Ciudad de Coro
Juan de Ampiés y los Mercedarios
Preparativos para la fundación de Coro
El hijo de Juan de Ampiés en Coro
Juan De Ampies en Coro, Sella la Amistad con Manaure
El P. Antón Merino, Mercedario, acompañó a Ampiés y bautizó al Cacique Manaure
Primera Misa en Coro. Bautismo de Manaure y de su familia
Ampies, Alfinger y el Capellán P. Merino

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