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Introducción: Raíces de Pueblo. Tocuyo de la Costa

Pensé, primero, en escribir mi autobiografía e incluir en ella parte de la vida del pueblo; pero después de muchos intentos, creo entender ahora que no deben existir las biografías, sino como parte de un todo. Este todo es el cielo, la tierra, el calor, las aguas; la brisa de donde se nace. Debe ser así; por que esta brisa, esta tierra es lo que nos engendra, lo que nos pare y lo que nos cobija en la niñez, durante la vida y en la muerte. En el fondo, desequilibrados serán los que viven sin el calor del vientre de su suelo. La propia vida se desvanece sin la existencia primicial del hábitat. Nadie, ni él ni su obra, ni la suma de las obras del hombre pueden estar primero que su suelo; ello es perenne, nuestro paso es fugaz.

Tómese este escrito así; como una expresión de una de las mínimas partes de las RAÍCES DE MI PUEBLO.



Este trabajo es el resultado de una constante inquietud que me atrae hacia las cosas del pueblo, hacia las cosas de mi gente. Su manera de ser, de trabajar, de vivir, de llorar, de sentir. Esta atracción es algo irracional, instintivo. Ese tipo de sentimiento es difícil de definir; se lleva en el alma, en los huesos, en alguna parte del ser o del cuerpo. Esto hace ver paciencia y sabiduría en las arrugas de tus ancianos, amistad y cariño en cada cara de tus coterráneos. Hace sentir paz y tranquilidad cuando se pisa ese suelo querido y hace ver todas las caritas de los niños iguales y llenas de humilde dulzura.



La intención es dejar descrito, por lo menos en palabras, las cosas de la vida diaria en que se vive envuelto, que no se notan porque son uno mismo. Cosas de ayer, de hoy, que mañana no existirán o que hoy ya no están. Cosas que se fueron y que parece que no hicieran falta; pero el viejo las añora, el joven se ríe de ellas y el muchacho las desprecia (se desprecia). El auto desprecio llega por la comparación de las costumbres y de los valores: El valor inculcado y hecho suyo por la radio y la T.V. y el que hace esfuerzos por sobrevivir; indefenso; el de la herencia que casi nunca habla pero que está allí dando sus últimos alientos.



La redacción correcta y el castellano floreado aunque quisiera no lo puedo incluir. Trato de ser lo más exacto posible en los detalles; aun así faltarán muchas cosas por nombrar, muchas por decir muchísimas por sentir.



Cuando yo era niño, el pueblo vivía en medio del monte, al lado de las casa crecía la selva viva; las culebras y serpientes vivían en las casas con uno y hasta los venados se mezclaban con los chivos que entraban al corral. Se conocía el olor del tigre y se temía a las abundantes manadas de váquiros que cruzaban los bosques de un lado a otro. Cientos de iguanas montadas en una sola mata; nubes de mariposas atravesando las calles del pueblo desde abajo hacia arriba; manchas inmensas de golondrinas o de tijeretas viajeras; bagres de más de un metro de largo; caimanes enormes asoleándose en lo seco, en la playa del río.



¿Qué se hicieron? ¿Dónde están esos seres? Si murieron, si desaparecieron será un presagio de muerte para nosotros mismos.



Aquella época es la más añorada y querida; la época cuando el único medio de transporte era el burro, el caballo y los carros de mula. De los caminos de trochas, abiertos en el corazón de la selva. Del monte, de las balsas de palo y las canoas, bajando por el río, llenas de cambure maduro, yuca, auyamas, lechocitas, caña y uno nadando detrás o remando. La época de las lluvias fuertes, truenos ensordecedores y rayos que enceguecen al estallar cerca de donde uno camina. La de la caza de guacharacas, paujíes, pavos de monte, lapas y venados con escopetas de vaqueta. La de hacer una roza, caramear, tumbar, sembrar y cosechar. La de sentir el peso del saco de batatas o de las manos de cambure, que te doblan el cuello; para llevarlas al pueblo y venderlas todas por una locha. La de cosechar algodón y vender un saquito por dos y medio. La de jugar en el río la cutúa, plomo, y llenarnos de barro hasta los ojos; la que no debió terminarse nunca; la que si el cambio es una ley, debió hacerlo hacia lo mejor; preservando nuestros valores, conservando esa herencia, glorificando nuestros abuelos al ir afianzando esas sus costumbres.



Los relatos de los viejos: Licha Zavala, Ana Lugo, Chago Ortega, dicen, cuentan y en su cuento viene esa herencia: Cómo se sembraba la yuca; cómo se hacía el cazabe, cómo se tejía el canasto, el chinchorro, la tarraya y el sombrero; cómo se trabajaba la tierra; cómo se trataba al hijo, al padre, al abuelo; al semejante. ¿Quién enseñó todo eso a nuestra gente? La respuesta se pierde en el tiempo, pero a través de años y años han sido nuestras costumbres y forman parte, una parte muy íntima de uno mismo. Lo fuerte y duro de esos tiempos no era el trabajo; por que todos lo realizaban y había abundancia de comida la mayor parte del año. Pienso que lo duro era el depender de la naturaleza tan estrechamente para siembras y cosechas. Un verano fuerte diezmaba los conucos y haciendas; al igual que las inundaciones más o menos cíclicas en el año. Una picada de serpiente era casi siempre mortal. Una infección de una herida degeneraba en llaga y era difícil de parar. Una diarrea crónica en los niños, los amenazaba de muerte y truncaba su desarrollo físico. El haber dejado evolucionar al pueblo y su gente, terminaría por minimizar la mayoría de estos problemas. Algo habría sido ideado para las inundaciones y para los veranos. En cuanto a las enfermedades, existían en sitios apartados del pueblo, algunas personas con facultades de curanderos realmente excepcionales. Con solamente mirar la orina del paciente, e indicando tal o cual rama o raíz hervida, sanaban una que otra enfermedad. La mayoría de las personas vivían por 90 años o más; mi bisabuela, Cristina Cáceres, vivió 112 años, aunque el índice de mortalidad infantil era muy elevado. Los alimentos de origen vegetal eran muy abundantes, las frutas, los tubérculos y las hortalizas se sembraban por doquier en pequeños conucos. En una ciénaga, en un pozo; no era difícil conseguir una sarta grande de guabinas en un ratico. Cuenta papá que en su tiempo, en algunas épocas no era necesario pescar; ellos colocaban un canasto grande en una chorrera del río y a vuelta de unas horas estaba repleto de sardinas, camarones, birongos, bagres, etc. Si se tenía escopeta, matar un venado era cosa frecuente; o una guacharaca, o picures. La crianza de animales domésticos era simple y muy productiva. La comida era en verdad muy barata; se regalaba. Las calles eran de la misma tierra. No se conocía el granzón y mucho menos el asfalto. La mayoría de las casas eran de techo de paja y paredes de bahareque con piso de tierra. Eran muy pocas las casas con techo de tejas y piso de tabla. Sin lugar a dudas, un pueblo en estas condiciones con un buen apoyo institucionalizado, pudo haber evolucionado hacia algo mejor.



Cuando tenía alrededor de los doce años, el pueblo se comunicaba por medio de un ramal asfaltado a la carretera principal. Llega el alumbrado eléctrico a las calles solamente, y como a los dos años se instala dentro de las casas. A las once de la noche “se iba la luz” en todo el pueblo. En ese tiempo sólo había uno que otro camión destartalado que los muchachos corríamos a verlo cuando pasaba y uno que otro carro pequeño (el camión de Pedro Selsa y el autobús de Ochoa). En las épocas de lluvia, los carros se atascaban en las calles y abrían grandes pozos donde el agua se ponía hedionda y podrida; pero los muchachos de todas maneras nos metíamos en esos pozos.



El pueblo seguía prácticamente sus mismas costumbres, de repente comenzaron a llegar unos señores con un acento raro al hablar. Se instalaban en las casas abandonadas que los del pueblo se las daban prestadas, comían algo llamado gofio y otros alimentos con mucha papa y cebolla. Esa gente despedía un olor raro, fuerte. Junto con ellos llegaron grandes máquinas; tractores y bombas de agua. En dos o tres días deforestaban grandes extensiones de bosques, cosa que maravillaba a la gente, porque uno se tardaba meses en tumbar un pedacito de monte y para que se mantuviera sin árboles había que estar limpiándolo durante todo el año. La gente disfrutaba inocentemente el festín de la quema y la muerte del asiento y antiguo sostén de sus abuelos. El aumento de la leña para cortar fue fugaz. Grandes zanjas de riego comenzaron a surcar suelos vírgenes. Se cambiaron los caminos para ir a los conucos y había que hacerlo soportando el fuerte sol por que no había árboles, ... los sueldos ganados por jornales eran enormes.



Los cambios fueron drásticos, en cuestión de tres o cuatro años:

-Desapareció el camare y el arreiján que comíamos niños y adultos.

-El taque cosido calientico en la totuma se fue viendo cada vez menos.

-Las charas ni se nombraron más.

-El matar un venado se hizo muy difícil y había que caminar mucho para cazar uno.

-La lapa, el picure, el paují y el pavo de monte desaparecieron.

-El cazar guacharacas y cotaras con trampas se hizo un sueño.

-El cardenalito se fue, y junto con el tutuycito sabanero; el algarabán, la ojona, la dara, el judío.

-Los grandes rebaños de burros realengos que en las tardes se paseaban por las calles.

-Las manadas de vacas que por las tardes también se acercaban al pueblo para dormir en sus alrededores o en las mismas calles.

-Las bandadas de mariposas de diferentes colores.

-Las manchas de palomas de monte, de loros, de golondrinas, de tijeretas, de pericos y vivitos.

-Las enormes cachapas de invierno con costillitas de cochino asado.

-Las remontadas de canoa hasta El Alto. El pago de lomos, las rozas, los rastrojos. Los caminos cubiertos de árboles frondosos. Los bongos para echar agua.

-Los cuentos de miedo, de historias contados a la luz de la luna al frente de la casa. Los juegos de tóquite, palito mantequillero, guataco y la carana piedra.



Por otro lado llegaron:

-Los tractores, las máquinas que suplantaron el hacha, el machete, los burros y los caballos.

-Las enormes tumbas y quemas que arrasaban con hectáreas y hectáreas de tierra.

-Las cocinas de kerosén y de gas que desplazaban rápidamente al antiguo fogón.

-La nevera que sustituía a la tinaja y a la olla de barro.

-Los altos jornales para mujeres, hombres y muchachos.

-Se abrieron amplias vías de comunicación a lo largo y ancho de la zona.

-El dinero rueda por las calles, los bares se llenan; el alcohol ahoga a jóvenes y ancianos.

Rápidamente, hombres, mujeres y niños; después de vender sus tierras a precios irrisorios al extranjero se ven obligados, por la necesidad, a trabajar de sol a sol ganando un día de jornal; con la escardilla, recogiendo tomate, cebolla, batata; regando o abriendo zanjas.



Las muchachas más bonitas del pueblo fueron seleccionadas para satisfacer las camas del próspero invasor; como esposas o concubinas. Los padres accedían gustosos. “Los que sirven” y “los que no sirven”, comenzaron a diferenciarse; los buenos, los bonitos, los malos, los feos tenían un color y una configuración física determinada. El que viste traje manchado de cambure, el pescador, el que se parece a mamá, a papá, a su abuelo, y a todos los que vivíamos aquí tienen un nivel y un valor social por supuesto menor que el isleño. Este isleño tenía abiertas las puertas de cualquier casa del pueblo, a su disposición, y la mayoría de veces, también abiertas, las piernas de nuestras mujeres. Sería humildad, sería hospitalidad, sería inocencia, sería estupidez. Se dieron casos en que el isleño, teniendo al padre y a sus hijos varones como jornaleros, semiesclavos de su siembra, comenzaba como marido de una de sus hijas y terminaba como jefe de toda la familia. En la actualidad (1981), en el pueblo se ven carros de todos los tipos, quien no lo tiene hace lo imposible por adquirirlo. Grandes masas de jóvenes y hombres maduros salen a las ciudades buscando fuentes de trabajo. Ya la guataca (escardilla), ahora no satisfacía las necesidades y aspiraciones de la gente y además no existe en el pueblo trabajo permanente ni hay ahora las fuentes de alimentación de antes.



Los invasores acentuaron su poder y el esquilme tiene diferentes caras. La marihuana hace su aparición y destroza la mentalidad aun sana y pueblerina de los jóvenes. El consumo de la droga a medida que pasa el tiempo se hace casi en público. Los distribuidores y traficantes mayoristas son del mismo pueblo y como el trabajo es fácil y muy remunerativo, atrae mucha gente. La agresividad se palpa en las miradas, se siente. Los robos, hasta los asesinatos son más frecuentes y espectaculares. Las verbenas se llenan; la mayoría son muchachos que de alguna manera consiguen para gastar gruesas sumas de dinero en una noche. Grandes muebles adornan humildes viviendas. El televisor envenena las mentes con sus patrones de conducta foráneos. Las telenovelas ocupan el tiempo de mujeres, ancianos y niños. Las casas en su mayoría son de bloque, frisadas y pintadas. Las calles del pueblo son asfaltadas periódicamente, porque el asfalto dura muy poco. Los conucos y conuqueros son poquísimos. Las grandes siembras de monocultivos (tomate, melón, pimentón) producen grandes ganancias a los isleños, y muy pocas a los nativos.



Se podría argumentar sobre este escrito, que se está viendo todo desde un punto de vista negativo; pero esforcémonos por analizar el lado bueno en lo cultural, lo moral y lo económico muy brevemente.



Culturalmente: Se oyen y se ven “grandes programas de T.V.” con “grandes artistas”. La radio con su constante música llena el cerebro del oyente sin darle tiempo a pensar en otra cosa; entretiene, entretiene y entretiene. La TV se empeña en mostrar lo que hacen otros países y no lo que deberíamos hacer o hacemos nosotros. Ni la TV ni la radio enseñan cómo hacer un tornillo. Ni la radio ni la TV enseñan cuánto son dos más dos. Ni la radio ni la TV enseñan la verdadera historia del país o los ideales de Bolívar. O cómo se siembra una mata de tomate, cómo se repara una plancha, cómo se hace un pan. La radio y la TV enseñan a cantar, a bailar, a tomar licores, a fumar, a bonchar y porqué no a robar y matar con las técnicas importadas de última hora. Exaltan lo vulgar y no el cultivo de las buenas costumbres y del desarrollo personal.

Hoy, existe una escuela donde únicamente se enseña al niño el A B C, suma y resta, geografía e historia nacional y mundial. El respeto a sus semejantes se deja de un lado, el amor a los suyos y a sus costumbres ni se nombra. El niño queda en el aire, lleno de conocimientos inútiles para manejar su ambiente; sin bases, sin lazos que los una a sus padres, a su familia y a su patria. ¿Quién los enseñaba antes? Por tradición e inyectada repetidamente en cuentos, conversaciones, en historias, en vivencias ejemplarizantes se daban al niño las normas básicas de la convivencia, de la sobre vivencia y del amor al trabajo. Ahora existe un Liceo en el cual se gradúan todos los años muchos “bachiburros”; treinta o sesenta; de los cuales cinco o seis pueden entrar en la universidad. De estos si acaso se graduará uno y será uno menos de nosotros mismos; su mundo será otro. La enseñanza sola no enraíza al hombre a su tierra; lo aleja de ella y sitúa su meta y sus mentes en otros lugares.



Moralmente los cambios no han sido nada buenos; en la escuela los alumnos y los profesores practican otro tipo de relaciones; sin alma, frías. En el hogar los niños son “más libres” en el trato con abuelos, tíos y con los mismos padres.



Económicamente: Existe dinero y comodidades en muchos hogares; pero todo lo que se necesita hay que comprarlo y viene desde afuera. En el pueblo nadie fabrica nada; como tampoco nadie siembra yuca, la poquita que hay es carisma; igual la caraota, la carne, los muebles. Los tomates, que cuando no hay cosecha, hay que traerlos desde Caracas o Valencia y valen el doble y hasta el triple que en cualquier supermercado capitalino.



Papá me dice: -Sí, pero ahora puedo agarrar un carro y en cinco horas estoy en Caracas. Pero antes no había grandes necesidades que ir a satisfacer, o hacer en Caracas.



O: -Ahora agarro un camión y lo traigo lleno de tomates. Antes no se necesitaba un camión de tomates; con una latica tenían varias familias.



O también dice papá: -Antes no había dinero, ganarse tres reales era muy difícil; ahora cualquier muchacho carga doscientos bolívares en el bolsillo y puede comprar lo que le parezca: Zapatos, ropa, aguardiente, un radio. Creo que el mal principal radica aquí; no en que exista el dinero en abundancia; sino en cómo se invierte: Se malbarata, se despilfarra y no se crean bases sólidas para la familia y la comunidad. La escasez vendrá y nos conseguirá mal acostumbrados a no actuar conscientemente. Anteriormente las necesidades de dinero eran muy pocas, lo indispensable estaba a mano.



Pienso que mi salida del pueblo fue más que todo por imitación a lo que hacían los demás, la misma actuación inconsciente de todos los que nos vamos. La adaptación a esta otra forma de vida ha sido y aún lo es, un calvario: Régimen alimenticio diferente, relaciones y tipos de relaciones con las personas es diferente, el sitio habitacional o de entretenimiento abruptamente nueva e inhóspita; el maldito encierro en los apartamentos y casas. Las necesidades primarias, fácil y naturalmente complacidas en los pueblos se convierten en fuertes problemas en la ciudad. El retorno o las visitas periódicas al pueblo natal se esperaban con ansias y constituían una bendición. Aun así el dejar el pueblo, ir a buscar en otros lares “mejores medios de vida” a expensas de estos sacrificios; se preferían a la falta del sustento, de trabajo y de futuro que brindaba el pueblo. De cualquier manera esas decisiones eran y siguen siendo como inconscientes, mecánicas, producto de ilusiones o comportamientos inducidos, si se pesaran sesudamente los pro y los contra de ese cambio, podrían surgir otras alternativas y en verdad no hubiese tanto joven queriendo salir de su pueblo. Si tuviéramos mejores servicios públicos; agua, electricidad, aseo, cloacas, las calles asfaltadas, buenos teléfonos, con escuela y liceo nocturnos, una academia de oficios, servicios de salud, atención estadal para la agricultura y la cría con asesoramiento y créditos adecuados, una medicatura funcional; otro sería el estado de nuestro pueblo. Existe en el tocuyano como una querencia inconsciente de querer permanecer en su suelo, de vivir aquí y de morir aquí.






Introducción: Raíces de Pueblo. Tocuyo de la Costa
Prologo: Raíces de Pueblo. Tocuyo de la Costa
El Pueblo de Tocuyo de la Costa
Recopilación Histórica. Tocuyo de la Costa
Recopilación Histórica. Tocuyo de la Costa
Referencias históricas sobre San Miguel del Río Tocuyo.
Río del Tocuyo
Pueblo del Río del Tocuyo
MAPUBARES (De la Vicaría de Coro)
San Miguel del Río del Tocuyo ( De la Vicaría de Coro)
Renta de este Curato
Algunas Narraciones sobre la Posible Fundaciòn de Tocuyo de la Costa
Opiniones sobre la Historia de Tocuyo de la Costa
Villa de San Miguel del Río Tocuyo
Venta de la Sucesón de Vicente Judas González
Venta de Enrique Domínguez y Sebastiám Noguera
Venta de Manuel Jove
Reserva de Enrique Domínguez
El Robo de la Custodia en Tocuyo de la Costa
Compra y Venta de Esclavos en el Pueblo
Partidas de Nacimiento Antiguas de Tocuyo de la Costa
Jefes Civiles en Tocuyo de la Costa durante 1882
SIMÓN BOLÍVAR, Nuestro Libertador en Tocuyo de la Costa
Origen y significado del nombre Tocuyo
Régimen de Encomienda
Tocuyo de la Costa Pueblo de Doctrina y Pueblo de Misión
Una Aproximación a la Historia de Tocuyo de la Costa
Problemática Ecológica del Municipio Tocuyo de la Costa
Importante Aporte a este Libro por Parte de Ramón Rivero M.
Antecedentes Históricos de los Pueblos de la Costa Oriental del Estado Falcón
Indios Mapubares
Diciembre...Lluvias e Inundaciones en Chichiriviche, Falcón.
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