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Introducción: la Muerte de Juan Vicente Gómez

Publicado en la revista Élite de Venezuela por Lucas Manzano en diciembre de 1965.





AQUELLA noche aciaga, cuyo recuerdo, llevo grabado en mi memoria, reinaba un profundo silencio en “Las Delicias”, en contraste con la incertidumbre dibujada en los rostros de familiares y servidores del hombre fuerte de Venezuela, que tras veinte y siete años de gobernar el país y haber sometido a los caudillos que lo plagaban, libraba esa noche su última batalla con la muerte. En su lecho de enfermo estaban atentos a los acontecimientos que habían de surgir una vez consumado el hecho. Unos elevaban plegarias al Altísimo en ruego por la salvación del alma próxima a volar hacia las regiones del misterio, mientras el Vicario sacerdote amigo y admirador del “Salvador del Salvador”, título que le confirió el Presidente General Cipriano Castro al finalizar la batalla de Ciudad Bolívar ganada por el General Gómez y sus aguerridos tenientes, rezaba las Siete Palabras en tono inadvertible porque así lo reclamaba el grave instante que presenciaban los familiares y amigos del Benemérito. En otro ángulo del mismo recinto,

Eustaquio Gómez estaba inquieto, debido a que los observadores tenían la obligación de no perderlo de vista y exageraban su respeto hacia el General López Contreras considerado como heredero del Caudillo. Rodeado por la familia Gómez, que hasta ese instante no tenían motivos para dudar de la lealtad y deferencia para con ellos, sabido como estaban de que el ilustre moribundo le había considerado como a un hijo suyo, en consecuencia de lo cual, no tenían razones para dudar de que al morir el General las circunstancias políticas le obligarían a variar, como en efecto varió su línea de conducta para con ellos.

En su agonía, que fue lenta, no le oyeron ni un lamento ni una queja; daba la impresión de que desfilaban por su mente recuerdos inolvidables de gestos amistosos como el que le unió a Don Antonio Pimentel. Ocurrió entonces que los enemigos del General Gómez, que lo eran la camarilla aragueña del Presidente Castro, fraguaron la manera de eliminar al hombre a quien por su lealtad y valor en la guerra que concluyó con la batalla librada en Ciudad Bolívar se habla hecho acreedor al respeto y la admiración que por aquella época le prestaba el hombre de Capacho. Gómez le debía a Castro cien mil pesos, según se dijo entonces, que Castro le prestara de sus “economías”, mas como lo que trataba la Camarilla era de eliminar al General Gómez por medios que no ocasionasen escándalos lo conminaron a que le pagase el préstamo en un plazo de tres dias.

—¿De dónde saco yo ese dinero?, argumentó el deudor.

—No sé, pero necesito mi plata, le respondió Castro.

Para esa época el General Gómez solamente conocía a Don Pablo Pérez, que era amigo suyo; pero como no tenia tanto dinero para prestar, le aconsejó si que fuese a Maracay y solicitase al agricultor Don Antonio Pimentel, quien estaba seguro que le haría el gran favor.

Fue al Trompillo con otros amigos que le llevaron a presencia de Pimentel y le rogó a éste el préstamo en cuestión:

—No se preocupe usted General -dicen que dijo Pimentel y le trajo a presencia del señor Schnell, Jefe de la Casa Blohm, a quien ambos expusieron el problema.

—Cuente usted con el dinero le dijo Schnell, y en plata se la entregó. Más como el zamorro de Don Cipriano lo que quería era poner al deudor en un potro de tormento, le dijo al ver el realero en plata que él sí necesitaba sus centavos, pero en oro.

Otro regreso a Caracas, a entregarle a Schnell los saquitos de plata y visiblemente mortificado en la creencia de que tuviese que suplicarle prórroga al inconsecuente y desagradecido compadre.

Pero la Providencia acompañaba al General Gómez, pues que el señor Schnell solicitó de inmediato el oro en el Banco y lo entregó al angustiado General.

Las batallas de La Victoria, el Guapo, Carúpano y Ciudad Bolívar, último reducto de las tropas de la Revolución Liberal Libertadora acaudillada por el General Matos y la totalidad de los caudillos del Oriente y el Occidente del país vencidos en la batalla de La Victoria, donde el Ejército del General hiatos compuesto de once mil hombres fue vencido por cinco mil que no eran los del Gran Demócrata, sino los que comandaba el General Cipriano Castro con la colaboración de Gómez y Leopoldo Batista, con sus valientes trujillanos.




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