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"Imposible" por José Manuel Moreno Pérez.

Autor: José Manuel Moreno Pérez.



Lo imposible marcaba la vida del joven Vicente. Lo irrealizable, lo inaccesible, lo imposible, todas aquellas palabras venían a excusar la existencia del perdedor, del que no lo hace, del que no lo realiza, del que no lo ejecuta porque es... imposible.

Para alguien que nace en un pueblucho costero donde la pesca fue la única religión y el mar el único dios, resulta imposible hacer camino cuando el culto se muestra erróneo y la deidad falsa. Hoy, las viejas creencias hechas de salitre y escamas se toman inviables, insostenibles, imposibles. Los viejos dioses, velados por redes y noches de pesca, son prohibidos y en sus altares de madera podrida y hierro oxidado se levantan las columnatas marmóreas con el busto del nuevo dios único, el Todopoderoso Turismo. Y el nuevo gran señor, el único dios verdadero del sector terciario, exige a sus devotos la construcción desmedida de templos y santuarios donde su nombre sea venerado. Celoso y desconfiado, el nuevo clero predica los mandamientos que obligan a abrazar el nuevo credo, proclaman que es imposible que el agotado mar continúe escupiendo peces en las pequeñas barcas de roída madera, imposible competir con los metálicos buques frigoríficos que violan la mar y arrancan de sus entrañas el feto de la codicia, imposible que una práctica ancestral sobreviva en el industrializado y tecnológico mundo liberal capitalista de hoy. Imposible. De manera, de modo, de forma, que los arrugados y herrumbrosos hombres de mar son bautizados en la nueva fe, son zurcidos, repintados y lijados hasta hacer de ellos reconvertidos creyentes del Sector Servicios dispuestos en paquetes de una docena con abre-fácil para su ingesta inmediata por hordas de consumistas foráneos. Miles de capas de innovador barniz son aplicadas con la intención de ocultar ese repelente tufo a pescado muerto que todo lo cubre, ese olor nauseabundo que no se quita, que se funde con la epidermis hasta ser uno, y que en un tiempo fue venerado porque era sinónimo de sustento.

Vicente siempre miró de soslayo las madrugadas de pesca escasa, nunca comulgó con las manos hinchadas por el frío y las heridas de las afiladas redes, jamás sintonizó con aquella veneración primitiva de sus mayores para con aquella masa de agua porque era imposible que hubiera futuro en algo que practicaba su padre. Odiaba el recuerdo de niño cuando no le quedaba más remedio que echar una mano a su progenitor y al resto de la cuadrilla los días que no había colegio. La negritud de aquella inmensa plancha salada que se fusionaba con la oscuridad del cielo susurrando enigmas le intranquilizaba tanto como dormitar en el pequeño camarote hasta que se alcanzaba el punto de recoger las cortantes redes, entonces los rudos modales le despertaban y aquel trabajo duro, inhumano, comenzaba.

Sí, todo aquello terminó, los nuevos tiempos han acabado con aquellas impías madrugadas, ahora sólo algunos viejos chamanes entretienen sus últimas horas haciendo por afición lo que antes hacían por obligación. Un bicho estúpido el homo sapiens, piensa Vicente. El resto de los curtidos pescadores se almacenan deslavazados en tabernas y clubes de jubilados donde la herrumbre va carcomiendo sus esqueletos conscientes de que son demasiado viejos para la reconversión religiosa. Allí está su padre, ese puto maltratador analfabeto, varado en una esquina de la barra esperando que las olas del averno se lo traguen definitivamente. Un resto inútil de sogas y algas con el que juega la marea y que ya no levanta la mano a nadie excepto para sostener el tembloroso chato de vino.

Vicente cabecea para borrar el recuerdo y maldice la suerte de caer en aquel pueblo, imposible salir. Sí, así es, la nueva religión se le antoja otro engaño, los nuevos santos no son milagreros. Vicente perteneció durante un tiempo a la pujante cofradía de la construcción, torso desnudo, cemento entre los nudillos, riñones quebrados y la sensación de que tras cada ladrillo colocado emparedaba un poco mas su vida. Luego llegaron los inmigrantes y tiraron los precios. Los avaros prelados eligieron la explotación de los ilegales con la excusa de que Dios así lo quería, de modo que la pertenencia a la orden se hizo imposible y Vicente abandonó paladeando resquemor hacia los recién llegados y vomitando blasfemias hacia los amos blancos que no eran sino hijos de la mar, amamantados con pescado, pero que ahora disfrutaban las prebendas de eso que se llamaba progreso.

La militancia en otra de las más populosas corporaciones nacidas al calor de la nueva fe también resultó fallida. La hostelería recogió a gran parte de la juventud atea de aquel nuevo Jerusalén. Camisas blancas abotonadas, horarios eternos, piernas doloridas y existencia amarga, hasta que también aquí se impuso la máxima del abuso del ser humano por el ser humano. Los inmigrantes sin contrato y sus míseros salarios enunciaron las leyes de mercado y la libre competencia, y la ley divina concluyó que era imposible que Vicente compitiera. Y Vicente rapó su cabeza y colocó varios anillos en el lóbulo de su oreja derecha. Aquel día dejó de creer en la nueva doctrina del sector terciario, en las putas leyes de mercado y en la mierda de los beneficios del turismo.

Vicente observa aquel mar resacoso frente al que se crió y al que nunca hizo caso. Lo observa en la seguridad de que está atado a él, hecho de arena y agua salada. Le será imposible ser otra cosa que la que es. Tanto como lo fue terminar el colegio, ¿para qué? Le hubiera gustado ser paleontólogo pero su madre no sabía qué era eso ni para qué servía, su padre le dio una hostia y sus amigos se mearon de risa.

Los atavismos iletrados rezumando hombría se impusieron a los deseos del adolescente que caminaba por el borde del abismo. Imposible salvarse. Él cayó. Se despeñó. Aceptó fracasar en los estudios, aceptó trabajar sin especialización, aceptó agonizar cargando con los tópicos del paleto ignorante. Imposible que fuera de otra manera.

Hoy, como todas las madrugadas de este verano, el rendido Vicente expía los pecados sobre el tractor que ara la solitaria playa, adecentándola para el turismo de sol y playa. En la noche, cuando únicamente los luminosos astros distinguen la línea entre la negritud del cielo y la del mar, deja que el salitre del aire fresco se almacene en sus pulmones y le recuerde que es un tipo pequeño. Frente al mar siente la desnudez física y mental, y algo le dice que podría prescindir de su vida de mierda, aunque en el fondo sabe que eso es imposible. Es entonces cuando la ve.

Los inoportunos focos del tractor iluminan la desnuda figura de una muchacha que en el mar permanece erguida en medio de las sombras y los brillos metálicos de las débiles olas. De modo inconsciente Vicente se inclina sobre el volante en un intento instintivo de enfocar mejor aquella aparición de belleza extrema. La despreocupada joven de larga melena oscura permanece de espaldas con el agua a la altura de su estilizada cintura recreándose con la llegada cadenciosa del suave oleaje. De repente se gira sorprendida y permanece observando la máquina que se aproxima indiscreta. Vicente maldice el traicionero ruido de motor de aquel jodido trasto y retira la mirada con el gesto del mirón avergonzado.

El tiempo de superar aquella figura femenina se le antoja eterno, por un instante, siente el arrebato de girar la cabeza y examinar más de cerca aquella desnudez, pero no lo hace, sabe que ella le mira y eso le perturba.

El tractor continúa y con él Vicente. La monótona arena vuelve a hermanarse con aquella labor aburrida y solitaria, sin embargo los ojos del conductor muestran la ausencia de concentración. Su mente repite una y otra vez el fotograma sombreado de aquella bañista de pechos blancos y formas sensuales. Por algún motivo, por alguna razón, aquel suceso se distinguía de lo corriente, no sabía el motivo pero había algo ajeno en aquel breve instante, como si no perteneciera a su desgastada vida.

El día y su luz llegaron a aquel pueblo que fuera marinero y ahora era un escaparate de ordenadas y pintorescas fachadas reglamentarias, de tejados y ornamentaciones de postal, legalizadas con subvenciones que higienizan lo paleto y lo transforman en manufactura de consumo turístico. Y Vicente caminó entre despertares apáticos junto a unos extraños llamados padres y el cañeo con los colegas y sus vidas perfectamente desordenadas.

El fijador y la espuma alternando con coloristas tintes, los ostentosos pearcings combinando los numerosos pendientes, los tatuajes copándolo todo. Las frases que incluyen a las chicas que son o que van a ser temporalidad en el maremagno de las vidas jóvenes. Las risas y bromas sexistas que lo empapan todo. Las tonalidades ariscas para con los emigrantes que se popularizan y que denotan que lo racial comienza a ser algo más que una incipiente pose. La bravuconería y las pendencias de los machos como reminiscencias adolescentes que nunca terminan de curarse y que resuenan entre cervezas y porros. Y la mañana muere. Y tras la comida con un ser castigado y roído que hace las veces de madre, y un odioso desecho alcoholizado que debiera hacer las funciones de padre, Vicente se deja mecer por la televisión y una siesta que no le aporta nada. La tarde se convierte en la preparación de la estética moderna que le llevará a una discoteca a fingir que la vida es danza. Y la noche, alterada con rayas de coca, llega con sus coches desenfrenados recorriendo comarcales a una velocidad excesiva por rutas secretas y mortales. Después, el alcohol que surge de los maleteros y el tecno que comienza a golpear desde altavoces repletos de graves anunciando la resurrección de la carne. Y la noche se hace cuerpo. Y Vicente comulga miles de veces en un intento por olvidar que es imposible que las cosas sean de otro modo a como son.

En el albor, cuando la aurora es una promesa cercana, el destrozado y malhumorado Vicente, como todas las noches, recorre la playa sobre el tractor mientras sus colegas aún pecan. Con los sentidos abotargados por la ingesta de las sustancias que te hacen ser lo que desees ser, recorre la playa con la cadencia del rendido, del que nada espera. Y entonces la ve.

Los focos vuelven a descubrir la nebulosa figura femenina que juega en medio de un mar en calma que se balancea sin apenas oleaje. Vicente sacude la cabeza para intentar eliminar las toxinas que se interponen en su visión. Imposible. La joven desnuda acaricia la superficie del agua como si disfrutara rasgándola, de cara al horizonte, abriendo y cerrando los brazos en un intento infantil de ceñirse con aquel mundo acuoso y oscuro que la palpa y manosea de modo lascivo. Y Vicente se pierde, cae y se golpea con la inconsciencia, rebota y asciende. Jura por el dios en el que no cree que de todas las visiones que los alcaloides le han proporcionado, ésta, ésta en concreto, es la alucinación más bella y lúbrica que jamás fantaseó. Y el grosero rugir del motor desgarra la magia haciendo que la sorprendida muchacha se gire sobresaltada y permanezca observando con gesto interrogante la llegada de la máquina y su conductor. Vicente no retira la mirada, esta vez no, no puede. Imposible. Es cierto que las sustancias tóxicas que recorren sus venas y lamen sus neuronas le proporcionan un valor que de otro modo no tendría, y no lo tendría porque sólo un ser de metal sería capaz de sostener la mirada a aquellos dos enormes agujeros negros que surgen del delicado rostro femenino absorbiendo la luz en su rededor. Y Vicente nota el desplazamiento, percibe como la máquina bajo sus pies pasa junto a ella y la sobrepasa mientras sorprendentemente su cabeza gira imantada, incapaz de desengancharse. La visión de aquellos pechos humedecidos por gotas de mar reluciendo por efecto de la luna llena se le antoja la revelación de un dios que le habla a través de aquel prodigio celestial. Las formas perfectas del atlético torso empapado finalizando en unas voluptuosas caderas que el fluctuante mar apenas deja entrever son el testimonio de que no puede esperarse nada mejor tras la muerte. Y Vicente escucha música, una melodía narcótica que le arrulla mientras se aleja subido en aquel estúpido artilugio. Y la joven sonríe.

Vicente se gira y observa como la arena surge bajo la luz artificial, es consciente de que el alcohol y la química le poseen, y es consciente de ello porque por un momento le ha parecido que aquella deidad le sonreía. Imposible.

La noche termina igual que termina la arena por arar, y cuando la Luna pierde fuerza Vicente se desmaya sobre su cama esperando que la resaca sea una promesa que no se cumpla. Conoce sobradamente el fantasmagórico preludio del sueño tras haber ingerido tanto estimulante ilegal, y se prepara para ello, sin embargo no son las visiones clásicas las que acuden, esta vez, esta noche, por algún motivo sólo ve una sonrisa. Sabe que es imposible pero la sonrisa está ahí.

El día llega con el mismo regusto a desgana que todas las mañanas. Eludir a los padres y cualquier amago de conversación. Los monosílabos como único ingrediente del desayuno. Y la huida, hacia donde sea, con quien sea, pero fuera de aquel hogar con forma de mortaja y olor a sufrimiento rancio.

Y las cañas vuelven a ser la comunión diaria. Los amigos y los conocidos que se mezclan de espaldas a ese mar que les vio nacer y del que ninguno habla. Y las tapas y las mentiras que lo cubren todo. Y los nombres de las putitas que conocieron en la discoteca surgen entre un mar de risas y obscenidades. Y la palabra follar que nace .en preguntas que son la salsa de aquellas vidas perdidas de seres no cualificados. Y Vicente que lo observa, que lo paladea y que lo muerde. De modo rutinario habla de la joven, de las amigas, de sus colegas, de las anécdotas, habla de ello como si hubiera estado allí, de hecho estuvo allí, sin embargo sólo tiene un obsesivo recuerdo de aquella noche, una sonrisa. Una sonrisa de la que no habla. Las exageraciones, las distorsiones, las fanfarronadas mezcladas con la estúpida exaltación de la ebriedad, de la borrachera, de la tajada, del pedo. El acto sin otra finalidad que el propio acto como finalidad. La cerveza que riega las horas de una mañana que podría omitirse de no ser por el hecho de tomar unas cervezas. La simplicidad de jóvenes sapiens que rememoran la contienda en el aparcamiento con otros sapiens. La enumeración de los golpes, la recreación de las patadas y puñetazos, la escenificación del combate, de las hostias dadas, nunca de las recibidas. Las muestras de las señales, de las promesas de venganza, del futurible uso de armas blancas entre patatas alioli. Y Vicente que asiste a todo y en todo, que replica y enumera, que ríe y blasfema, que insulta y sienta cátedra, y todo lo hace sin saber por qué lo hace, ¿por qué lo hace si él sólo piensa en una sonrisa? Y el fútbol que surge como postre de una mañana que termina pariendo una hora de comer en compañía de mortecinos progenitores, también llamados padres.

Y Vicente que se aleja camino de casa con la resaca tras él, y come, y ve la

tele en el sofá el tiempo justo hasta que puede saltar y salir de allí camino de la enésima tertulia en el paseo marítimo, junto a un mar al que no mirar, probando un afgano nuevo y renegando de la invasión sudaca, o rumana, o mora, o negrata. Y la tarde que cae como tantas tardes, sin posos, sin nada tras de ella, sólo un tiempo que pudo ser evitable, un rumiar más un poco de vida, un vida tan inútil como sin sentido, un vida imposible de digerir.

Pero esta vez algo brillaba de modo diferente en los ojos de Vicente, quizá sus hermanos licántropos se dieron cuenta y quizá no, quizá aquel leve temblor en su pierna izquierda, algo inaudito en el tranquilo y rendido Vicente, quizá el permanecer pensativo cuando las risas hacía tiempo que habían tomado cuerpo, quizá aquel continuo mirar a aquel estúpido mar que siempre estuvo allí, sí, eso debieron notarlo, ellos no miraban nunca aquella enormidad salada que tanto gustaba a los turistas, ¿para qué? Podían verla cuando quisieran, se habían hartado de verla, no habían visto otra cosa desde niños, de hecho cuando los turistas marcharan ellos se quedarían allí viéndola, mirándola, observándola, y pensando que nunca verían otra cosa. Imposible. Quizá por todo eso los entrenados ojos de los presentes cazaron las furtivas miradas de su colega, de su amigo, de su hermano, y quizá prefirieron no decir nada, o quizá prefirieron no creerlo, sí eso es, ¿qué motivo podría tener Vicente para mirar el mar?

Y la tarde se hizo noche y la noche madrugada, y el ausente Vicente abandonó entre miradas veladas aquel corrillo con la premura del poseído. Su corazón palpitaba con la tensión de la primera cita. No pensaba en ello, durante todo el día procuró no pensar en ello, de hecho no había nada en qué pensar, y sin embargo, sin embargo no hacía otra cosa que pensar en aquello, ¿en qué? ¿En una sonrisa? Sí, en una sonrisa, en una chica que no era como las que conocía, en algo que su subconsciente gritaba, algo que no tenía que ver con lo visto y vivido, algo que estaba hecho con un barro distinto del que estaban amasados los seres que él conocía. Sin duda aquella muchacha no era del pueblo, sin duda una turista, pero no era un objetivo, no se trataba de tirársela como parte de la competición que comenzaba todos los veranos, no, aquello era algo diferente, incluso para su iletrada comprensión resultaba evidente. Él era un tipo embrutecido, pulido hasta resultar simple y primario en la creencia de que eso era pureza, pero la anormalidad atenazaba sus músculos porque lo que resultaba felicidad para otros a él sólo le reportaba desazón.

Y una vez sobre el tractor, Vicente comenzó a recorrer la playa con una ansiedad inédita. Sus ojos sólo tenían como finalidad el punto aún lejano donde las dos noches precedentes aquella muchacha se bañaba. La garganta reseca y las tensas manos aferrando aquel volante sólo predecían lo evidente, por algún motivo que no sabía quería llegar a un lugar concreto de la playa. ¿Por qué? ¿Qué haría? Le diría algo, pararía el motor y descendería con cualquier excusa y... bueno, ella le había sonreído. La cosa es que sabía que no se trataba de la sonrisa que la putita de ropa apretada sortea en la pista de baile, no era algo de su mundo, sin duda era una chica especial, probablemente de esas que siempre llevan un libro a la playa, de esas que les gusta ir a museos o tomar té en vez de cerveza, una de esas chicas que no ven diferencia entre un moro y un hispano, una de esas mujeres que siempre dicen “por favor” y “gracias”, una chica a la que le gusta bañarse de noche desnuda en vez de entre una muchedumbre embadurnada en protector solar. Una chica fuera de su alcance, imposible de tocar. Y las luces descubrieron una figura humana en el agua.

Allí estaba. Como las noches anteriores permanecía en medio del mar con el agua por la cintura. Con el pelo suelto cayendo sobre su espalda, dejando que sus dedos dibujasen surcos sobre la superficie acuosa. Ausente. Concentrada únicamente en el disfrute de aquel momento íntimo en medio de aquella inmensidad solitaria que era el mar bajo la luna llena. Vicente sintió pudor por interrumpir por tercera vez aquella danza privada, esta vez no contaba con el valor que otorga el alcohol y no se sentía capaz de acometer la empresa, le resultaba imposible.

Como si de un ritual se tratase el sonido del tractor alerta a la bañista que de nuevo se gira y queda impasible observando al recién llegado. Vicente traga saliva y comienza a carraspear conforme se aproxima. Por vez primera en aquella noche le parece que aquel trasto corre demasiado, habría deseado que todo se ralentizara, que se detuviese, pero no ocurre tal cosa. Y así, de forma lenta y ruidosa, la máquina alcanza el punto donde sé encuentra la chica, y Vicente detiene el motor. Y entonces ocurre.

Justo en el instante en que Vicente salta del tractor y toca tierra, la figura de la joven se zambulle apresuradamente en el agua dejando tras de sí una extensa mancha espumosa laureada con estelas blancas y brillantes, que a poco dejan entrever entre sus grumos lo que a Vicente se le antoja una preciosa cola plateada, la misma sobre la que versaban aquellas historias de antaño, inventadas por ancestros pescadores, seguro que borrachos, en las tabernas de un pueblucho donde nunca pasa nada, donde todo es imposible.

Y por primera vez en su vida Vicente se sintió agradecido, agradecido por una visión imposible, y sonrió, y por primera vez Vicente miró al mar.

Y nunca más dijo imposible.





Autor: José Manuel Moreno Pérez.


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